Redacción Deporpress | El CD Tenerife no sigue en la Copa del Rey por culpa de Iglesias Villanueva. Y de la Real Federación Española de Fútbol. El organismo que regula este deporte en nuestro país apadrina una competición que está manipulada en su sistema de competición y adulterada porque, pese a que estamos en el siglo XXI y ya hay tecnología que puede evitarlo, sigue potenciando el error arbitral.
El colegiado gallego fue recompensado con dirigir esta noche tras su colosal error en el choque entre el Valencia y el Barcelona. Demostró estar bastante descentrado porque volvió a erigirse en el protagonista por cometer otro fallo escandaloso, que condicionó el partido y decidió la eliminatoria en favor del conjunto catalán.
El resto de su actuación fue igual de lamentable. Barrió para casa en el reparto de tarjetas y fue metiendo al Espanyol en el partido a base de faltas. No contento con esto, decretó penalti por una mano involuntaria de Jorge Sáenz. Si la juzgó como infracción, cometió otra aberración al señalar el punto fatídico cuando la pelota golpeó al central tinerfeño tres metros fuera del área.
El Tenerife había hecho las cosas de manera impecable hasta la jugada que desató el escándalo. Se puso por delante en el marcador y parecía un adversario solvente. No tenía el balón como en la ida del Heliodoro, pero era capaz de sobrevivir sin demasiados apuros. Iglesias Villanueva lo cambió todo y el Espanyol, por calidad e inercia, terminó decidiendo el partido.
En este espacio se debería haber hablado más de las paradas de Carlos Abad, al que se le acaba la competición en la que se reivindicaba con intervenciones soberbias como las de esta noche. También habría sido justo decir que Bryan Acosta se postula como titular por fútbol y porque tiene un cañón en su pierna derecha. O incluso que otro canterano, Brian Martín, aporta muchas más cosas que otros que gozan de minutos y oportunidades. Iglesias Villanueva, con su miopía crónica, les hurtó esa gloria.
En el choque queda también señalado Iñaki, un habitual reincidente a la hora de cometer errores que cuestan partidos. La jugada que origina el penalti diseñado por el árbitro nace de una conducción del hoy interior blanquiazul. Quiso meterse por dentro entre tres adversarios y, pese a que Camille se desdobló por fuera, eligió pegar un pelotazo a ningún sitio que propició que el balón cambiase de sentido y fuese hacia el área blanquiazul.
Luego cometió un error impropio de un jugador profesional. No acabó la jugada cuando era el último defensor y quiso abrir a banda con demasiada tibieza. Marc Roca le robó la cartera y condujo el esférico de manera veloz para que Sergio García sentenciase con el 3 a 1. De no ser por ese fallo de infantiles, el golazo de Juan Carlos Real en el descuento hubiese hecho justicia y habría clasificado a los isleños para la ronda de octavos de final.
Por desgracia el Tenerife no es el Barcelona. Nadie clamará mañana a nivel nacional. No saldrá en las portadas y ni siquiera tendrá eco en radio o televisiones. Nos queda la impotencia de haber asistido a uno de los mayores disparates que se han pitado en un terreno de juego en los últimos años y la humillación de haber sido los destinatarios de un auténtico robo.