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Redacción Deporpress| El Tenerife despidió un curso para olvidar con un empate ante el Oviedo. El resultado, como el partido, fue la tónica de lo que ha sido la temporada que se acaba. Una oda a la permisividad en el área propia y a la impotencia que genera ver la cantidad de llegadas que necesitan disfrutar en la ajena para conseguir materializar un gol.

La cita ante los asturianos quedó marcada por la empanada en defensa con la que salieron los locales, que ya perdían por 0-1 en el minuto 6 después de que Borja Sánchez atinase a empujar a la red, sin oposición, una manopla demasiado tibia de Serantes en el despeje de un centro lateral.

Los de Ramis, como suele ser también norma, fueron mejores que su rival en todo. Monopolizaron el control del encuentro, pero no encontraron la manera de batir a Femenías. Lo hizo Sol, de cabeza, pero su tanto fue anulado por claro fuera de juego. Minutos más tarde, un segundo testarazo del madrileño se estrelló en el poste antes de marcharse fuera tras recorrer la geografía de la línea de gol de costa a costa sin querer entrar. Como en toda la temporada, la suerte no fue blanquiazul.

Son esos pequeños detalles, señalados por Ramis en infinidad de ocasiones desde la sala de Prensa, los que terminan por marcar la inercia de un equipo que, en la recta final de la temporada, solo fue capaz de ganar dos de sus últimos doce partidos. Quizá porque Vada, como otras tantas veces esta campaña, fue incapaz de materializar las tres claras ocasiones de las que dispuso antes de marcharse sustituido.

El VAR acertó al señalar como penalti dos acciones dentro del área del Oviedo. Y, esta vez, no falló Fran Sol. Tampoco lo hizo Suso Santana, que optimizó sus minutos produciendo mucho más en la faceta ofensiva que otros compañeros, como Nono, que disfrutaron de más de una treintena de titularidades con un bagaje netamente inferior en ese capítulo.

Sin embargo, el Tenerife se empeñó en negarle a su afición esa última alegría. Su falta de contundencia en el área dejó a los seguidores, cuando ya paladeaban los tres puntos en el descuento, sin el sabor dulce de un triunfo con el que despedir una temporada muy insípida. Un ejercicio peor, en números y sensaciones, que el pasado. Un año huérfano de ilusiones, que se acaba sin alcanzar tampoco el premio de consolación de haber sido mejor que la UD Las Palmas en los derbis. Fue la campaña de la cantada de Ortolá. De las expulsiones absurdas. De haber quedado, otra vez, peor clasificados que el eterno rival. La de la impotencia por ser incapaces de remontar cualquier partido en el que comenzaron por debajo en el marcador. La de olvidar cuanto antes. Porque no merece ser recordada por nada.