Redacción Deporpress | ¿Qué es lo que hace el ser humano cuando tiene la sospecha de que algo se acaba? Disfrutarlo al máximo. Tratar de vivir cada momento como si fuese el último. Atesorar todas esas experiencias para guardarlas en algún cajón de la memoria. De esa forma, cuando llega el momento oportuno de abrirlo de nuevo, esos buenos recuerdos son capaces de iluminarte el alma.
Esa es la sensación que queda cada vez que vemos a Luis Milla con la camiseta del Tenerife. Que se va si nadie lo remedia. Que se acaba una etapa salvo que ocurra el milagro. Porque, tal y como están las negociaciones para su ampliación de contrato, parece más sencillo que los blanquiazules consigan retenerlo si suben a Primera esta misma temporada, algo que es casi utópico ahora mismo, antes de que el jugador y su representante, Julio Llorente, no encuentren a un equipo de la máxima categoría que ponga sobre la mesa este verano una oferta a la que no puedan resistirse en las oficinas del Heliodoro.
Mientras todo eso ocurre en los despachos, lo mejor es centrarse en lo que Milla ofrece en cada partido sobre el césped. Es el líder natural del equipo. Se ofrece siempre a sus compañeros para sacar el balón yendo a dónde sea necesario para encontrarlo. Trabaja como el que más a la hora de recuperarlo. Y, cuando al final lo atesora y no halla mejores soluciones ni nadie con el que asociarse, lo conduce con velocidad de manera vertical. Su portentoso físico resulta una herramienta muy útil, con la que rompe líneas enemigas como si fuese un extremo usando los carriles centrales. Y, además, tiene gol.
Su doblete ante el Mirandés no es casual, aunque sea el primero de su carrera deportiva. Es el encargado de las jugadas a balón parado y, ante la ausencia de Suso, ejecutó el penalti. Luego, en el descuento, cuando las fuerzas flaquean es capaz de llegar con toda la fe del mundo acompañando una jugada de un velocista puro como Suso para recoger el rechace del portero tras el tiro inicial del delantero.
Por todo esto, no es de extrañar que Milla sea el único jugador del Tenerife, junto a Sipcic y Ortolá, que ha jugado todos los minutos posibles desde que el fútbol volvió tras el obligatorio parón al que la COVID-19 sometió al mundo del deporte.
Partidos como el de hoy solo confirman que su destino está en Primera División más pronto que tarde. La buena noticia es que su cotización sigue subiendo jornada tras jornada y que su valor de mercado está por encima del que tenía en el último mercado invernal. La mala es que dentro de poco dejaremos de verlo con la camiseta del Tenerife. Salvo que ocurra un milagro.