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Impotencia

Redacción Deporpress| Da rabia ver un partido del Tenerife como visitante. Sentarse ante el televisor supone un ejercicio de fe. Porque, desgraciadamente, tienes la certeza de saber lo que va a pasar si el plan se tuerce un solo milímetro.

Los blanquiazules, lejos del Heliodoro, son tan tediosos como visionar una película de la que ya conoces el desenlace. No encuentras, además, nada que te enganche. Son dos horas de tu vida que no aportan nada, salvo enfados. Es resignarte a no tener ninguna alegría. Como ponerte a escribir sin tener nada que contar.

Es cierto que el equipo que dirige Luis Miguel Ramis lo intenta. Que no se rinde y que lo sigue intentando. Pero el problema está justo ahí. El intento es tan previsible que resulta estéril y, volviendo al párrafo inicial, ya sabes lo que va a pasar.

El de Montilivi fue otro de esos partidos monótonos en los que el rival gana con casi nada. En el que vuelves a regalar un gol por cometer un error evitable y en el que Dani Hernández te mantiene ileso para enmendar, posiblemente, el segundo fallo grosero que cometiste. El Girona está arriba por eso. No juega a minimizar al adversario como hace el Tenerife. Se limita a no repartir obsequios y a aprovechar los que le llegan. Como el córner evitable de Sipcic. Y como la pasividad de Shashoua en la marca de Franquesa.

Cuando el Tenerife se pone por debajo en el marcador 1-0 suele ser sinónimo de derrota. La estadística así lo señala y los blanquiazules se empeñan en alimentarla con su inoperancia en el área contraria, donde da rabia comprobar que lo poco que se genera lo hace el delantero centro jugando para los demás. Sin que nadie lo haga para el delantero centro. Los isleños volvieron a perder el enésimo partido de este curso en el que no son peor que el contrario, salvo en las áreas que, desafortunadamente para un equipo tan desértico como este, sigue siendo donde se deciden los partidos en este deporte llamado fútbol.

Da rabia también ver cómo la respuesta de los jugadores que salen desde el banquillo es incapaz de variar el rumbo de un partido del que todos sabíamos el final desde que Dani Hernández encajó el primer tanto. Es la enésima prueba, y otra tonelada más de frustración sobre el ánimo de los seguidores, comprobar que la plantilla confeccionada por Juan Carlos Cordero tiene un déficit importante de cara al gol, con jugadores que han llegado a mayo con cero tantos en su contador y cuya aportación al resto del juego es también muy deficiente.

Mientras elevamos nuestras oraciones para que los rivales se hagan algún gol en propia puerta. O Fran Sol vuelva a aparecer otra vez para cazar un rechace que nos haga sumar algún punto, rezamos para que no haya más lesiones. Que no haya más inquilinos en la enfermería que pongan aún más cuesta arriba el final de esta temporada de más frustraciones que asuntos potables. La de Carlos Ruiz duele especialmente porque supone otro desgarro al corazón de unos aficionados huérfanos de jugadores que, como el granadino, tiran siempre del carro. El central, que cumple contrato, ha multiplicado su rendimiento respecto a otros que llegaron a la isla con mejores etiquetas y que, hasta la fecha, han demostrado ser mejores como modelos de Instagram que como futbolistas.

Nos quejábamos porque el Tenerife solo sumaba punto a punto para amarrar la permanencia y ahora entran escalofríos al echar un vistazo a un calendario plagado de rivales con el colmillo afilado. Todos se juegan algo y aguardan, en fila india, su oportunidad para hincarle el diente a un equipo que cada vez genera menos fútbol y más impotencia.