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Contra el extremismo (22-1-14)

Por @jf_rojas

Recuerdo cuando el Canarias estrenó su cancha del Pabellón Juan Ríos Tejera. Para mí, un niño de poco más de diez años, aquel recinto a primera vista era como una especie de aparición celestial. Acostumbrado a las antiguas gradas de madera del Luther King los asientos brillantes de plástico azul me parecían una promesa flamante y atractiva de modernidad. El parqué amarillo te encandilaba bajo los potentes focos que colgaban del techo y una pegatina con el logo de la recién fundada ACB resplandecía orgullosa junto a los nuevos aros basculantes presagiando grandes momentos de baloncesto. Aquel día todo era reluciente a los ojos de un niño y tantos años después en mi mente se representa casi como si me hubieran paseado fugazmente por el Madison Square Garden de Nueva York.

Todo lo que vino después de aquel día estuvo a la altura de mis mejores expectativas. Empezaba la edad de oro del Canarias y en el Ríos Tejera, junto a mi familia, terminé reuniendo algunos de mis mejores recuerdos de infancia y adolescencia. Allí vi a Philips y Harper, a Cabrera y a Salva Díez, al “Rana” y a Germán. Pero también disfruté y sufrí a Petrovic, Kukoc, Martín, Villacampa, Norris, Sabonis… Durante las temporadas que siguieron al estreno del Ríos Tejera, el equipo forjó su leyenda sembrando la Isla de seguidores. Muchos de los aficionados que hoy acompañan los partidos del Santiago Martín fueron conquistados por las hazañas de aquella época y los que no pudieron vivirlas, por edad o cualquier otra razón, fueron seducidos por las historias de los que sí las presenciamos.

La edad de oro del Canarias terminó años más tarde aunque no la del baloncesto tinerfeño. Antes de que el club de La Laguna construyera su leyenda, el Náutico ya había puesto en circulación al basket de la Isla y mucho después el Tenerife Baloncesto recuperó el lugar perdido hasta que la política terminó devorándolo. Mirándolo con perspectiva, aquella época brillante del Canarias fue solo un capítulo más en la rica y vieja historia del baloncesto de la Isla. Yo la viví desde unos colores y unos afectos determinados pero no ignoro que antes y después otros acumularon vivencias similares con otros colores y desde otras esquinas. El resultado de la suma de todas esas experiencias es la historia del baloncesto de Tenerife. Una historia común y entrelazada pese a que los extremistas de ambas partes quieran que lo olvidemos.

Es muy probable que este domingo a las 12.00 el Santiago Martín se llene de gente animosa por presenciar cómo el Canarias reverdece su historia. La imagen será hermosa y muchos la celebraremos aunque yo no dejaré de pensar en cuántos habrán renunciado a vivirlo por rivalidades triviales y sin perspectiva. Yo soy del Canarias pero nunca sentí lo blanquiazul como una ofensa. Quizás porque mis padres, verdaderos responsables de mi afición al aurinegro, empezaron a seguir el baloncesto en la cancha de la Avenida de Anaga y en alguna ocasión hasta acompañaron al Náutico por la Península. Cuando el Canarias despegó, siendo laguneros, empezaron a frecuentar el Luther hasta hacerse fijos. Sucedió sin traumas y con la naturalidad del que sabe que cambia unos colores pero conserva un mismo sentimiento. Hoy casi nadie piensa así.  Una pena porque disfrutarían mucho más de lo que lo hacen.