Por @rondoscutillas
Redacción Deporpress | En los últimos días nos han bombardeado con uno de los grandes clásicos que marcan nuestra agenda cada año. Nos acostumbramos desde pequeños a que cada 14 de febrero, normalmente en el intervalo comprendido entre dos grandes acontecimientos como Reyes y Carnavales, llega la ineludible cita con San Valentín. Normalmente. Porque, otras veces, y para regocijo del personal, Cupido hace de las suyas aliándose con don Carnal y saca a pasear sus flechas coincidiendo con alguna noche de la fiesta grande de Santa Cruz.
Todos, en mayor o menor medida, nos hemos enamorado. Hemos tenido pareja alguna vez. E incluso nos hemos llevado sorpresas cuando, la persona que creímos que era la que nos acompañaría hasta el final de nuestros días, ya no está a nuestro lado. Nuestro destino, como la propia vida, está plagado de variaciones. Hoy trabajas aquí y mañana allí. Ahora conduces este coche y hace una década llevabas otro. Puede que hasta el periódico que más te gustaba leer te haya decepcionado y ahora pasees con otro bajo el brazo.
Sin embargo, hay algo que permanece inalterable desde que el veneno del fútbol se apodera de ti, apenas cuando eras solo un trozo del adulto que ahora eres. Es tu equipo favorito. Sus colores. Y su escudo. Por él haces cosas impensables y a él también le perdonas casi todo. Con él gritas. Te diviertes. Haces planes. Lloras. Sufres. Sueñas. Y te alegras. Si eres un verdadero aficionado a este bendito deporte, la fidelidad es tu bandera. Sí. Estás pillado. Y para siempre. Esto sí que es un ‘hasta que la muerte nos separe’ en toda regla. No puedes ser de este hoy, mañana de aquel y pasado mañana del otro. Aquí no existen los amores de conveniencia.
Crecí en Jorge Manrique, apenas a una manzana de distancia del Heliodoro. Desde mi casa oía gritar los goles antes de que ese sonido llegase por la radio. Y supongo que esa cercanía despertó la curiosidad del periodista que ya llevaba dentro. Entrar al estadio era una sensación bestial. Aquella vetusta tribuna, cuyos hierros asomaban por el hormigón. La madera crujiente de Herradura. Los escalones para gigantes de San Sebastián. El suave e interminable desnivel de General. El campo de tierra junto al estanque de agua y el terrero de lucha. Juan Santamaría entrenándonos entre gallinas que correteaban en libertad. O la ficha con tus datos de aspirante a entrar al alevín apuntada en el reverso de un cartón de tabaco.
Era otro Tenerife. Nada que ver con el de ahora. Mucho más de andar por casa pero, en el fondo, el mismo del que me enamoré para siempre. Estaba en Segunda B con los Aguirreoa, Eizmendi, Amaral, Lasaosa y Rubén Cano. Y yo, ansioso, mareaba a mi padre con los días que quedaban para nuestra siguiente cita. Pasaron los años. Ambos nos hicimos grandes. Vinieron los ascensos. Los descensos. Jugadores. Entrenadores. Presidentes. Todo cambiaba. Hasta la fisonomía del estadio. Todo menos los colores. El escudo. Y el amor por mi equipo favorito.
El Tenerife es de las pocas cosas que pone a casi toda esta isla de acuerdo. Los lunes son más alegres si ganas. Y un poco menos cuando no lo haces. Generas más euforia colectiva que ningún otro acontecimiento. Y, por eso, casi he olvidado aquel cumpleaños que me dejaste sin celebrar en Gelsenkirchen. Recordar hasta donde nos llevaste o las caras de los que aplaudían tu paso en aquella guagua descapotable al subir a Primera por última vez, hace que cualquier contratiempo vivido a tu lado valiese la pena. Ahora que vuelves a ilusionarnos, te animo a persistir en tu empeño. Y, también, te doy las gracias por dejarme pasar esta vida contigo.