El fútbol es mi deporte preferido desde que era un niño. Y también una de las cosas que más satisfacciones me ha dado en la vida. La gran mayoría van asociadas al CD Tenerife, el equipo de mi tierra y, sin duda, uno de los pocos sentimientos capaces de poner de acuerdo en esta isla incluso a los que hacen de la disconformidad hacia todo y el reproche continuo su bandera diaria. Supongo que es la magia que destila este sentimiento, inculcado de generación en generación, y teñido de blanquiazul. O incluso de rosa, que este club es grande hasta para ser un precursor solidario en la lucha contra el cáncer a nivel nacional.
El sábado pasado tocó perder. No hubo ascenso, pero tampoco fracaso. Solo tristeza. Y rabia. Muchísima. Por un grupo que se había ganado a pulso ingresar en la elite y por una afición de Primera. Por los que hipotecaron parte de sus vacaciones de este año para viajar a Madrid con el sueño de vivir, en primera persona, algo grande que acabó tornándose en pesadilla. También por todos los que siguieron, desde casa o en la lejanía, el cruel desenlace de una historia ilusionante que empezó a escribirse en agosto de 2016. Y que acabó, decisivamente decantada, por la resolución del Comité de Competición de una Real Federación Española de Fútbol (RFEF) que decidió dejar en un solo partido de castigo la roja directa que vio Dani Pacheco en el partido de vuelta ante el Huesca.
Esa peculiar interpretación del reglamento, afeada por el propio Comité de Apelación de la RFEF cuando resolvió el recurso del Getafe para intentar que su jugador se fuese de rositas diciendo que tenía que haber sido sancionado “con una suspensión mínima de dos partidos”, desnuda las carencias de los que manejan el fútbol de este país adoptando resoluciones que, al final, cuestan ascensos y sepultan ilusiones. Pacheco, habilitado por los tejemanejes federativos, jugó la vuelta ante el Tenerife y metió dos de los tres goles que anotaron los madrileños.
Hablo de la misma RFEF que lleva años ninguneando a los blanquiazules en la Copa del Rey. Mofándose, sorteo tras sorteo y año tras año, de una isla entera para evitar que un equipo peninsular tenga que desplazarse a Canarias. O a África, que es donde nos sitúan Ángel Torres, Bordalás y parte de la multitudinaria afición azulona que acompañó a la guagua de los jugadores durante la celebración del ascenso del Getafe el pasado domingo.
¿Han probado a lanzar una moneda 8 veces seguidas al aire y que salga lo mismo siempre? ¿Han escogido dos bolas cerradas con la palabra ‘local’ y ‘visitante’ en su interior y el resultado ha tenido el mismo signo en 8 ocasiones consecutivas? Resulta casi imposible de creer ¿verdad? Pues este verano, cuando llegue el momento de dirimir dónde juega el Tenerife en Copa, saldrá fuera otra vez. Y seguiremos para bingo por noveno año. Pero espero que nunca más en silencio y de forma sumisa por parte de los dirigentes del Heliodoro.
Javier Tebas, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional (LFP), también puede estar contento. No tendrá que moverse de Madrid para ver al equipo blanco de sus amores y, además, estará acompañado en el palco del Alfonso Pérez por otro madridista de pro como Torres y por el propio Florentino Pérez. Seguramente ya no le puede pedir más a la vida, aunque sea a costa de tener un estadio semivacío cada vez que el Getafe juegue en casa. Disfrútalo mientras te dure.
Nos han tumbado, pero no nos han vencido. Me gusta que, con el dolor aún dentro, Miguel Concepción ya haya mostrado su perfil más ambicioso señalando que el objetivo del próximo curso debe ser intentar el ascenso directo. La tarea no será sencilla. El potencial económico del que disfrutarán los recién descendidos (Granada, Sporting y Osasuna) está fuera de toda duda. Y, si no, que le pregunten a las plantillas que lograron formar Levante o Getafe este mismo curso. A esa lista de candidatos añadan también a Cádiz, Huesca, Oviedo, Valladolid, Rayo, Zaragoza o Córdoba. Va a ser muy complicado. Y muy largo otra vez. Pero no imposible.
La desgracia futbolística que acabamos de vivir nos ha unido aún más. Incluso ahora cuando, a las primeras de cambio, abandonan el barco algunos elementos de los que nos hicieron soñar. Se hará otro equipo competitivo y hay afición para empujar hasta donde haga falta. El espíritu de los últimos meses y la simbiosis de una isla latiendo unida bajo los colores de su club representativo han plantado una semilla maravillosa. A la entidad, con sus decisiones inmediatas, sus fichajes y su política hacia los seguidores, le corresponde ahora alimentarla y mimarla hasta que el balón vuelva a rodar. No perdamos más tiempo y concentrémonos, todos juntos, en la bonita tarea de volver a construir.