Por @beatrizpalmero
Siempre he asociado estas fechas al mazapán, el turrón de yema, los pasteles de hojaldre de Los Realejos y los polvorones tradicionales recubiertos de chocolate, porque eran manjares que sólo podía degustar en estas fiestas. Aún recuerdo cómo nos montábamos con la mochila cargada de ilusión en el coche para ir a Los Realejos a recoger las cajas de pasteles, y cómo mi madre pasaba horas con nosotros haciendo bandejitas y repartiéndolas por ahí (“esta para tu abuela, esta para tu tío, esta para el médico, esta…”). Y cómo me gustaba aquel villancico de los Payasos de la Tele en el que hablaba de Navidad con sabor a mazapán, que era cómo me sabía a mí. Y cada vez que tomo un bocado de alguna de estas delicias se me apelotonan las emociones en la garganta y siento nostalgia, tristeza, alegría y calor de hogar al mismo tiempo. Porque las emociones nunca vienen solas y la felicidad, ya lo saben por experiencia, nunca es completa.
Y, tampoco lo vamos a negar, como dice la canción, que “cualquier tiempo pasado nos parece mejor” y añoramos aquellos momentos en los que reímos y disfrutamos como si el mañana no existiese. Y aquí estamos, una Navidad más, mirando el portal pensando en aquella vez en que nos reímos escandalizados por primera vez del caganet, o de la vez que mi padre lo montó en un fregadero, o de la bendición que siempre echaba mi abuela en Nochebuena, o de los besos que tradicionalmente seguimos dando a los piecitos del Niño Jesús cuando dan las doce. Y antes de que me entre la tristeza pienso que mañana también habrá un recuerdo de este año que me venga a la cabeza con nostalgia y que también pensaré que este momento fue mejor.
Así que, como repetían mis amigos Erasmus en Italia, Carpe Diem… et Noctem (aprovecha el día… y la noche), que esto que hoy nos parece un batiburrillo, una época gris, de poca esperanza, mañana nos parecerá un oasis. Y qué más da si el Tenerife nos da ilusiones a medias, si en España no hay forma de que los dos bandos se sienten en una mesa a buscar puntos en común para gobernarnos a todos, si no está en nuestra mano hacer mejor las cosas en nuestro trabajo de lo que ya lo hacemos, si no tenemos a nuestro lado a todos los que nos gustaría porque la vida, como me decía Carmen, mi profesora de dibujo, nunca sigue el camino exacto que nosotros trazamos para ella, y si esos vericuetos por los que se empeña en llevarnos son los que, al final, hacen que la vida merezca la pena ser vivida, incluso con sus tristezas.
Es hoy. Disfrutemos las pequeñas cosas, que mañana las echaremos en falta.
Felices Fiestas a todos.