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Competir

Por @rondoscutillas

La semana pasada compartí con ustedes el anhelo de que el Tenerife comenzase a ser, por fin, un visitante medianamente fiable. Me equivoqué por completo. Sobre todo porque me quedé corto. Les mentí. Este equipo es muy fiable. E infalible incluso si juega fuera de casa. Ya no le gana a nadie. Ni a los que ocupan el sótano de la clasificación (perdió en Córdoba y empató contra Sevilla Atlético y Lorca), ni tampoco a ninguno de los que lo preceden en la tabla.

El último revolcón se lo dio el Sporting el pasado fin de semana.  Como sucedió con la salida a Huesca, los blanquiazules se llevaron la mayor derrota del curso. Un 3-0 que escuece porque, además de confirmar la vulnerabilidad lejos de la isla, deja preocupantes síntomas sobre la incapacidad y falta de interés de todo el colectivo para corregir la gran asignatura pendiente.

Duele ver cómo en la jugada del primer gol hay futbolistas que dimiten en el minuto 5 del encuentro. Las imágenes muestran a tres integrantes del Tenerife a los que solo les falta tener un paquete de cotufas en la mano mientras Carmona los sortea en banda como si fuesen conos. Uno abre los brazos tras verse superado y deja de correr. Otro, inmóvil, asiste a la jugada desde más distancia y ajeno a lo que sucede. El tercero inicia el trote cuando el que conduce el balón ya lo ha rebasado por varios metros. El pase, con todo, no alcanza el destino previsto. Da en Camille y Michael Santos, ambicioso y con hambre, les come la tostada a todos para marcar en el primer palo. Por ganas. Por ambición. Por fe.

Son detalles como ese los que deciden un partido. Pero casi nadie hace ya el mínimo intento por ser agresivo. Y no me refiero a dar patadas. Hablo de la intención de apretar, anticipar y marcar. Pero no con tiza, sino de verdad. Detalles como ese, conociendo los antecedentes y lo que cuesta puntuar fuera de casa este curso, hablan cada vez peor de un grupo que tiene un problema complejo bajo un axioma sencillo. Si encaja, no gana. Así de fácil. Y así de crudo.

Para ser justos, este Tenerife también es un equipo completamente fiable en su estadio, aunque este jueves afronta uno de los mayores test que ha tenido como local esta temporada. Llega a la isla el Cádiz de Álvaro Cervera y Roberto Perera, un equipo en racha y con viento a favor. Siete victorias seguidas. 21 puntos sobre 21 posibles. Casi nada. Los amarillos, como el Huesca, pelearon junto al Tenerife por subir a Primera en un playoff del que resultó vencedor el Getafe. Andaluces y aragoneses ocupan el ático de la clasificación, mientras los blanquiazules malviven devorados por la autoexigencia del objetivo del ascenso directo que, semana tras semana, se aleja un poco más.

Las distancias comienzan a ser ya más que serias. Siete puntos respecto a la sexta plaza, la última que da acceso al playoff. Y diez con el segundo puesto, que ocupa justamente el equipo que visita el Heliodoro esta semana. Del Cádiz temo, especialmente, su velocidad. Tiene jugadores con una o dos marchas más que el resto y esa capacidad extra para ejecutar las cosas antes suele equivaler a marcar las diferencias en esta categoría.

Del Tenerife me preocupa, sobre todo, ver cómo ha olvidado casi todas sus virtudes. Por eso cada vez siento más impotencia al comprobar que el mismo grupo que, hace solo seis meses, daba muestras sobradas de su capacidad y compromiso es incapaz ahora de cumplir con algo tan aparentemente sencillo y elemental como competir.