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Colonizando al otro (7-10-14)

Por @beatrizpalmero

Tuvimos la inmensa suerte de tener entre nosotros, en Canarias, a todo un Nobel de Literatura hasta que nos dejó en 2010. Hizo de Lanzarote su residencia habitual y esa cercanía hizo que muchos, entre los que me incluyo, siguieran más de cerca sus obras. Curioso y crítico incansable nos dejó muchas reflexiones sobre el mundo en el que vivimos y sobre nuestra actitud ante lo que nos rodea. José Saramago decía, al final de su vida, que había aprendido “a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.

Vuelvo a menudo sobre esta reflexión, porque nunca me acabo de decidir si estoy de acuerdo o no con sus palabras. Considero que es lícito intentar sacar al otro de su error si lo creemos así, aportando los argumentos necesarios para  mostrar el yerro. Claro que una cosa es un error demostrable y otra una opinión distinta a la tuya. En ese caso puedes ofrecer tus argumentos, pero no necesariamente serán suficientes para que otro cambie su opinión o la matice. Cualquier punto de vista es respetable y creo que intercambiar argumentos no sólo lo es, sino que también es enriquecedor. Llego a la conclusión, no sé si acertada, de que cuando hablamos de colonizar al otro es cuando tratamos de imponer nuestra opinión o consideramos que no hay argumento posible que rebata lo que opinamos. E incluso cuando vamos más allá y tratamos de inferiores a todos aquellos que piensan diferente.

Desgraciadamente en este país es bastante común actuar así y las redes sociales se han convertido en vehículo perfecto para magnificar esta actitud. La democratización de la comunicación, con todo lo bueno que nos aporta, se ha convertido también en la generalización de la colonización del otro.

Y tenemos que soportar la descalificación de aquel que no piensa como tú, el desprestigio que te arroja el otro que no puede convencerte y las mentiras que se convierten en verdades para hacerte más pequeño y presentarte como un ser inferior ante la supuesta superioridad de sus presuntas verdades. La conquista del otro a toda costa.

Así que hago de nuevo un ejercicio de reflexión al hilo de los pensamientos de Saramago. Las opiniones son sólo eso, opiniones, mejores, peores, acertadas o erróneas, pero siempre respetables. Y nunca calificables. Por tenerlas no soy ni vendida, ni poco profesional, ni todo lo contrario. Simplemente soy humana y soy una periodista que ejerce su profesión con honestidad. Mucha más de la que suponen y con la que actúan muchos de los que están al otro lado esperando como lobos para saltar sobre las ovejas.

Y así convertimos el día a día en un tobogán en el que un día estamos arriba, porque parece que la intolerancia se suaviza, y otro día estamos abajo porque los malos resultados suponen un pasto perfecto para buscar víctimas sobre las que saltar. Pero ni una cosa ni otra es definitiva. Muy bien lo expresó nuestro querido Premio Nobel: “La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo, nunca es definitiva”. La derrota en Leganés no será definitiva, como no lo fue la victoria en el derbi. Y en algo tan mudable como los resultados, ¿cómo va a haber opiniones definitivas?