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Cincel y martillo

Por @beatrizpalmero

Por muchas veces que me haya detenido a admirar una escultura de Miguel Ángel, siempre tengo la misma sensación de sorpresa ante la perfección de sus formas y siempre me hago la misma pregunta: ¿cómo es posible que algo así saliera de un simple bloque de mármol? El mismo Buonarroti decía que solo tenía que “labrar fuera de las paredes rugosas que aprisionan la aparición preciosa”. Quería decir que él veía lo que había dentro de cada pedrusco, como si fuera transparente y solamente tuviera que eliminar lo que sobraba.

Y lo decía con la misma naturalidad con la que tallaba sus obras en piedras que hasta habían desechado otros, como el bloque que acabó convirtiéndose en su David, visita obligada para los que viajan a Florencia. Un bloque que presentaba agujeros y que, incluso, habían intentado tallar otros que abandonaron pronto.

Este pensamiento me recuerda siempre al ejemplo con el que el escritor noruego Jostein Gardner explicaba en El mundo de Sofía cómo Aristóteles concebía los cambios en la naturaleza. El filósofo griego aseguraba que simplemente se transformaba la materia, que pasaba de ser una posibilidad a ser una realidad. Gardner recurría a un escultor que esculpía un caballo en una piedra y al que el niño le preguntaba “¿Cómo podías saber que el caballo estaba ahí dentro?”. La piedra, en el pensamiento aristotélico, tenía una posibilidad inherente de transformarse en caballo. La piedra era un caballo en potencia, el escultor, simplemente, lo convertía en una realidad, en un acto, usando las palabras de Aristóteles.

De los bloques de mármol que esculpía Miguel Ángel Buonarroti y del ser en potencia y el ser en acto de la metafísica aristotélica me he acordado este fin de semana. En realidad llevo mucho tiempo pensando en lo que este Tenerife puede ser en potencia y en lo que realmente es en acto.  Hacen falta muchas transformaciones para que la materia del equipo cambie su forma y esta forma sea todo lo que creemos que puede ser en potencia. José Luis Oltra acaba de empezar. Y, ciertamente, si hace unos años me hubieran dicho que, con él en el banquillo, el Tenerife jugaría con cinco defensas (por mucho que incorpore la idea de los carrileros ofensivos) y que se quedaría sin su único delantero nato sobre el campo a falta de veinte minutos por decisión técnica, me hubiese reído. Obviamente, el técnico también ha sufrido sus propias transformaciones, tras dirigir equipos que, aun teniendo mucho éxito, acaban siendo de los más goleados de la categoría.

Oltra sigue desarrollando su ser en potencia, lo que puede ser como entrenador, convirtiéndose en acto, y, en ese camino, espero que, como Miguel Ángel, sea capaz de ver la propiedad inherente que tiene este Tenerife como equipo, si es que la tiene. Desde fuera la intuimos, veremos si es capaz de manejar el cincel y el martillo con tanta destreza y si, efectivamente, cumple con los principios de la metafísica de Aristóteles: lograr una transformación convirtiendo lo que es en potencia en acto.