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Chasco

Por @rondoscutillas

El proyecto del CD Tenerife actual amenaza ruina. Por desgracia, ya no es noticia en las últimas dos temporadas. Tampoco lo es que la visita a Cádiz se convirtiese en un nuevo naufragio fuera de casa. Es un comportamiento repetitivo y frustrante. Para los que suben a un avión con la esperanza de pasar un fin de semana disfrutando junto al equipo de sus amores y, luego, vuelven con la frustración de no haber sido partícipes de una efeméride que ya promete en hacerse histórica con cada salida que pasa sin lograr ganar lejos de la isla. Y también para todos aquellos que nos sentamos delante del televisor para contemplar, con el alma encogida, cómo la historia de los blanquiazules solo es capaz de rodar por el lado cíclico de lo negativo cuando se despeña por la ladera de tener que jugar como visitante.

La semana también ha transcurrido bajo el guión habitual cuando suceden esta clase de contratiempos. Se abre la veda de la caza al culpable. Y desfilan, por el corredor de la muerte de las redes sociales, aquellos futbolistas que gozan de una menor popularidad entre el siempre caníbal entorno blanquiazul en derrotas como la del sábado en el Carranza.

Así somos aquí. Tenerife es la isla en la que pasas de ir camino del sueño tras empatar contra dos gallitos de la categoría como Málaga y Deportivo. Y también en la que te despiertas, sin anestesia, dolorido y en el lado más sombrío de la realidad. Ese rincón en el que anda metido ahora el equipo, alumbrado bajo el foco del desastre y escuchando, constantemente, las letanías y mantras del ‘estos no le ganan a nadie y, encima, nos llevan camino de Segunda B’.

Los jugadores son seres humanos. Con un talento especial para desarrollar una profesión que moviliza a millones de seguidores en todo el planeta en torno a un balón. Pero, al fin y al cabo, humanos. Por eso es normal que sucumban a la presión. A unos les da por encogerse. A otros por sublevarse ante la adversidad. E incluso hay a los que les da por, directamente, borrarse del mapa.

Ahora que la inercia de sensaciones positivas parece haberse frenado en seco, llega el momento de que este grupo demuestre, de una vez por todas, que está capacitado para reivindicarse. Del primero al último. Del entrenador al que menos minutos haya jugado. Todos deben mostrar que son más de lo que han demostrado. Y que no están al margen de la situación que ellos mismos han fabricado con los resultados logrados jornada tras jornada.

No pido que se les exonere de su responsabilidad. Faltaría más. Pero sí que aplacemos cualquier tentación de sacar la excavadora y tumbar lo poco que aún queda en pie de este proyecto. Ahora que los cimientos se tambalean y que todo está en duda, la grada debe ser parte de la solución y no del problema.

Así que este viernes, contra el Mallorca, trataré de aislar durante 90 minutos a mi espíritu más reaccionario. Al mismo al que le duele ver que, otra temporada más, navega de manera imparable hacia el sumidero. Tengo pocos argumentos para convencer a los que lean estas líneas y vayan al Heliodoro de que hagan lo mismo. Salvo uno. Importante y mayúsculo. Nuestro amor común por el Tenerife. Y el deseo unánime de que este febrero futbolístico no concluya con un nuevo chasco.