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Chasco

Por @rondoscutillas

El CD Tenerife ha sido alcanzado de lleno por el otoño. Se desmorona y se le caen los argumentos con los que nos ilusionó en agosto porque acumula ya seis jornadas sin conocer la victoria. Y, además, atraviesa un árido desierto de dudas generado por su incapacidad para encontrar el equilibrio que se le presupone a cualquier equipo cuando ya se ha consumido un tercio del campeonato.

Mantengo, como llevo escribiendo desde hace semanas, que la situación no es grave. Al menos no con el dramatismo que se dibuja en este entorno blanquiazul de extremos donde solo existe el blanco y el negro. No me asusta el calendario que se avecina porque en él no encuentro a ningún recién ascendido. Pero admito que lo que más me preocupa es la sensación de que, ante determinados equipos como el Huesca, no da con lo que hay sobre el césped para anotar un gol. Y lo peor es que la sequía realizadora coincide, por esos extraños intangibles que tiene el fútbol, con la única vez que los blanquiazules han logrado detener la hemorragia de goles encajados dejando su portería imbatida durante dos jornadas consecutivas.

El resultado, en cualquier caso, es igual de frustrante para los aficionados. Ahora, por fin, se han logrado minimizar los errores que antes costaban puntos. Pero no hay ningún factor con el suficiente peso para marcar las diferencias en el área ajena, pese a los constantes intentos de Aritz López Garai por hallarlo. Ni Malbasic. Ni Miérez, que fue titular en Miranda de Ebro. Ni Dani Gómez, que disfrutó de idéntica condición ante el Huesca, son capaces de generar nada potable. Y, claro, si no marcas estás condenado a empatar. Justo igual que cuando también igualabas por regalar una y otra vez en el área propia como sucedió ante el Racing de Santander.

Este Tenerife, posiblemente, tenga una de las mejores medulares de la categoría. Una sala de máquinas con Luis Milla, Aitor Sanz, Borja Lasso o Nahuel Leiva es una garantía. De generar cosas y de evitar que pasen otras. Sin embargo, todos extrañamos a Álex Bermejo, ese chico que llegó a principios de verano sin hacer apenas ruido y que, a base de trabajo y buen fútbol, se ha hecho indispensable. Ojalá que su concurso en Girona suponga ese plus en los últimos metros que tanto se ha añorado en las últimas citas.

Cuando los partidos se atascan también hay ya cierta resignación. El panorama no es nada alentador porque, si miras para el banquillo, dan ganas de llorar. Los cambios no han supuesto, en prácticamente ningún caso, una mejoría. Ni para variar el rumbo de un partido, ni tampoco para agitarlo y propiciar ese impulso o esa velocidad extra que deben suponer los relevos cuando empieza a faltar frescura en el cerebro y en las piernas. Y ahí el responsable es Víctor Moreno. El mismo director deportivo que ha acertado con algunas incorporaciones de nivel, como la de Álex Bermejo a coste cero, y que también dilapidó recursos en el mercado invernal del pasado curso con las llegadas de Mauro Dos Santos o Isma López, condenados a la grada y sin utilidad para este proyecto sin cumplir un año siquiera en la isla.

Sea como sea, los caprichos del calendario, han querido que los técnicos que más alegrías han dado a la entidad en la última década sean los encargados de decidir el futuro de López Garai en el banquillo del Heliodoro. Así José Luis Martí, este viernes con el Girona, y Álvaro Cervera, el siguiente domingo con el Cádiz, nos mostrarán realmente si aún hay alguna razón para el optimismo o si, como parece por la línea trazada en los últimos tiempos, estamos ya condenados a otra temporada que supondrá un nuevo y doloroso chasco.