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Cese

Por @rondoscutillas

El arranque liguero del CD Tenerife ha sido más de lo mismo. De poco ha valido la declaración de intenciones realizada al inicio del verano, cuando tanto Juan Carlos Cordero como Fran Fernández diagnosticaron con acierto el mayor problema blanquiazul de las últimas temporadas. Se marcaron un objetivo a corto plazo, arrancar bien la Liga, pero tanto los números como el rendimiento de los futbolistas se están empeñando en llevarles la contraria.

No es nuevo que este equipo empiece cada campaña escribiendo con los renglones torcidos. Tampoco lo son los regalos y las facilidades que ofrece a sus adversarios que, una semana sí y otra también, aprovechan la alfombra roja y disfrutan de la barra libre de errores no forzados para ganar partidos en los que no son mejores y, por tanto, disfrutan ganando unos puntos valiosos con el mínimo esfuerzo ante un Tenerife poco competitivo.

Al Mirandés le bastó con ser ordenado para ponerse por delante en el Heliodoro. Aprovechó el autogol, que hubiese salido en el mítico ‘Vídeos de Primera’ de Alfonso Arús, que confeccionaron a medias Ortolá y Sipcic para llevar el partido donde querían. Y, luego, la expulsión absurda de Bermejo, la torpeza de Wilson y la revisión del VAR en la amarilla a Javi Alonso para transformarla en roja hicieron el resto.

La repetición de errores y regalos es ya crónica. Y dolorosa. Forma parte de la idiosincrasia de este equipo y amenaza en convertirse en una de sus señas de identidad para desgracia de sus sufridos seguidores. Si la climatología de la isla se mueve al ritmo de los alisios, el Tenerife lo hace bajo el estruendoso sonido de sus fallos, casi todos con valor de gol en contra.

Y, con ese escenario, lo normal es que despidamos cada mes de septiembre con esa sensación de hastío que generan determinadas certezas que se repiten, una y otra vez, cada año. Es el Tenerife ese ciclista que pierde el Tour desde la primera semana por su falta de concentración. Que luego lo intenta y hasta te hace ilusionarte cuando florece la primavera. Pero la distancia con las posiciones que marcan la frontera hacia lo importante, unido al salvaje desgaste de remontar una galaxia de puntos con el resto de los equipos que ocupan la zona noble de la clasificación acaba por dar al traste con un proyecto. Y otro. Y otro más.

Este fin de semana empezará la cuarta jornada. Y aún hay tiempo. La autocrítica y las declaraciones de intenciones quedan geniales ante los medios de comunicación. Pero, como el tiempo me ha enseñado que este Tenerife suele ser reincidente, ya solo creo en los hechos y no en las palabras. Así que, desde ya, admito que este sábado me sentaré delante del televisor resignado. Sin fe en un grupo que, últimamente, da más decepciones que alegrías. Esperaré alguna caída de tensión y de atención que le facilite las cosas al Mallorca y me iré preparando para esperar a que suceda lo que parece inevitable ante un recién descendido de Primera.

Que suceda todo lo contrario sería una gran sorpresa. Ojalá ocurra y Fran Fernández sea capaz de devolvernos la fe. Pero ahora mismo, tras lo visto en estas primeras jornadas, tengo la sensación de que ya he asistido a esta película que no me gusta un pelo. Por cansina, por repetitiva y porque, aunque espero que esta vez haya más paciencia que en temporadas anteriores, todos sospechamos que se ha vuelto a abrir el armario de las dudas. Ese que, por desgracia, siempre acaba de la misma manera. Con ruido de proyecto roto a las primeras de cambio y con otro cese.