Por @rondoscutillas
El CD Tenerife tuvo un partido áspero esta semana ante el Deportivo. De esos en los que la fatiga comienza a aparecer y la factura, en forma de partidos jugados en un reducido margen de tiempo, hipoteca la chispa de otras ocasiones. El rival, además, vino con la lección aprendida. Planteó un muro de cinco defensas, se esforzó en presionar arriba y taponó las bandas del equipo que dirige Rubén Baraja.
Como en uno de esos días en los que todo puede salir mal, los blanquiazules perdieron a su jugador más en forma por lesión. Así que la ausencia de Dani Gómez sobre el césped se notó. Muchísimo. Demasiado. Su adiós supuso despedirse casi de cualquier opción de ganar el partido. Porque esa tarde de martes no había piernas, ni tampoco argumentos futbolísticos para hincarle el diente a un Deportivo que fue mejor tras el descanso.
Entonces, en una acción aislada, Joselu sacó petróleo y forzó un penalti que transformó Luis Milla. Los dioses del fútbol, esos que sin saber uno cómo se alían con los equipos inmersos en dinámicas positivas, hicieron posible que el marcador sonriese a los locales aún sin merecerlo.
Pero, bueno, por una vez que nos pase eso tampoco vamos a quejarnos. Era la cuarta victoria consecutiva que suponía, además, que el Tenerife durmiese en puestos de playoff a expensas de lo que hiciesen todos los demás.
La cuenta de la vieja apareció de inmediato en la mente de todos los que llevábamos años esperando por la llegada de un momento así. Pero, igual que sucedió en Copa contra el Athletic aquella noche de enero, el maldito descuento volvió a dinamitar toda la magia.
No sé si hay algo intangible que aparece cada vez que tenemos la posibilidad de soñar a lo grande para romper esa posibilidad. Pero parece asegurado que este Tenerife no gana ningún partido sin merecerlo, aunque sí los ha perdido, o los ha empatado, cuando hace más que el rival para llevarse los tres puntos.
Supongo que esa constante debe ser, como sucede en los cuentos infantiles, una especie de maldición que nos obliga a paladear solo durante algunos minutos aquello que no se hizo para nosotros antes de vernos forzados a devolverlo. Eso sí, el día que alguien toque la tecla correcta igual se acaba, por fin, este incómodo complejo de Cenicienta.