Por @beatrizpalmero
¿A quién le gusta celebrar derrotas? No conozco a nadie que se quede feliz después de ver perder a su equipo. Cuando es su equipo de verdad, claro. Que se te escape una sonrisita cuando el eterno rival no gana, se puede admitir, sin maldad. Pero, ¿con tu equipo? Jamás.
Eso sí, cuando llegan las derrotas yo, al menos, prefiero quedarme con esa sensación de que se perdió, no porque no se dio la cara, no por no dejarlo todo en el campo, no por sentir la frustración propia de un equipo falto de confianza, no por ser un equipo sin orden ni concierto, sino porque, a veces, la fortuna no sonríe como nos gustaría. Cuando llegan las derrotas, me gusta, al menos, quedarme con esa sensación agridulce de que igual que perdimos podíamos haber ganado. Y si encima llegan con equipos de superior categoría, con un presupuesto de 117 millones y participante en la Europa League como el Villarreal, pues queda algo una vez pasa el resquemor, la rabia, la impotencia: el orgullo.
¿A quién no le gusta sentirse orgullosa de los suyos en las victorias y en las derrotas? Prefiero mil derrotas así, con una genialidad en el minuto 89 de un rival al que has estado tuteando, que ha tenido que sufrir para ganarte, que perder dos puntos en el 95’ como pasó ante el Lugo. Entonces, después de la rabia, la impotencia, el resquemor sólo quedó desilusión y, por qué no decirlo, hasta algo de vergüenza.
Discúlpenme si me siento orgullosa de mi equipo en derrotas así. Qué quieren que les diga. El Tenerife de Ramis no juega como los ángeles, no despliega un fútbol vistoso, pero compite, nos hace sentir vivos durante los partidos y, durante esta temporada, he sido espectadora de muchos partidos en los que no he sentido nada. Y no hay nada más triste que sentir indiferencia porque el equipo de tu vida no te transmite nada. Bienvenidas estas sensaciones. Aún sean en la derrota. Porque así siempre estaremos más cerca de ganar.