Empiezo a echar de menos el carisma. Y eso es algo que me tiene hablando solo. Debe ser la edad que cuanto más mayor me hago más me preocupo de cosas absurdas. Si no, a qué viene ahora que lleve unas semanas analizando la falta de carisma en algunos ámbitos sociales y políticos.
Porque esta sencilla palabra que todo el mundo conoce, trae consigo mucho trabajo. El carisma puede nacer de manera innata y, por tus habilidades en la comunicación, ser capaz de lograrlo. Si no, requiere de mucho trabajo. En la política pasa: puedes tener muchas ganas de comerte el mundo que, si no tienes carisma, estás perdido. Y graben el enlace a esta columna. Más de uno se acordará de ella después de mayo de 2019.
Me aburre la gente que no tiene intenciones de darlo todo para agradecer a quienes apostaron por ellos. A los que asumen responsabilidades sabiendo que van a darse un batacazo simple y llanamente porque esperan a que un milagro venga de Saturno a ponerlos en la cúspide del protagonismo.
Me preocupa aún más que nadie vea venir el descalabro, que todo sea producto de nuestra imaginación y que apelemos a los tradicionales «aún es pronto» para no querer ver la realidad. Sin carisma no se suma. Si de diez, solo dos son carismáticos, el fracaso está asegurado.
Luego están los que dan las puñaladas sin enterarte. A los que has ayudado y que tú, sin saberlo, estás siendo pasto de su más maligna estrategia. Pero aún no me ha llegado la cana en el pelo para reflexionar sobre ello, aunque si sigo así pronto escribiré al respecto.
Hace falta más carisma, más gente carismática que levante tal embrollo. Quizá sea momento de pedirle a Gila que levante su teléfono y haga una llamada al pasado. Para volver a llamar a filas a quienes lograron, con carisma, los objetivos propuestos.