Victoria Monroy (Santa Cruz de Tenerife) | La fiesta empezó pronto. En torno a las seis de la tarde, comenzaban a llegar a cuentagotas los jugadores del CD Tenerife, recibidos por unos mil aficionados a ritmo de batucada. Los aledaños de la puerta 17 se tiñeron de blanquiazul, también de fucsia, y con bufandas al viento, banderas ondeantes, globos y hasta con un ataúd con los colores y el escudo de la Unión Deportiva, los tinerfeños le hicieron saber a su equipo que hoy no caminarían solos. Y es que esta noche no se jugaba un partido cualquiera, no se peleaba sólo por los tres puntos; hoy se disputaba el derbi canario, hoy estaba en juego el orgullo de dos Islas.
La expedición amarilla jugó al despiste y accedió al fortín chicharrero por la zona de San Sebastián, custodiada por un amplio dispositivo policial que no impidió a la marea blanquiazul hacerse notar y de qué manera. “Este partido lo vamos a ganar”, “Pío Pío canarión” y el clásico “Chicharrero de corazón” fueron solamente algunos de los cánticos con los que los chicharreros dieron la bienvenida a los grancanarios. Así empezaba el pique, también los insultos, entre ambas aficiones. Los hinchas de la Unión Deportiva, que fueron entrando al Heliodoro en grupos reducidos, llegaron sin hacer demasiado ruido, a excepción de cuando se topaban con alguna cámara de televisión o micrófono de radio.
Ya en el interior del Rodríguez López, los espectadores esperaban con ansias el pitido que diera comienzo a la gran fiesta del fútbol canario. El Frente Blanquiazul desplegó un tifo de grandes dimensiones, “Escudo y Bandera”, y repartió cartulinas con el aspa tinerfeña, mientras que Zoneros pintó de azul las gradas de Herradura. Con la salida de ambos conjuntos al terreno de juego, el Estadio comenzó a rugir.
El dominio del CD Tenerife en los primeros minutos del encuentro hacía vibrar a la afición blanquiazul, que esperaba eufórica el primer tanto de su equipo. Y llegó el minuto 19, la roja a Barbosa, la salida de Hernán y la amonestación a Aridane. Ricardo solo en la línea de penalti, se mascaba la tensión, los tinerfeños se encomendaban al cielo y el Heliodoro enmudeció para luego enloquecer. Saltos, aplausos, rostros de rabia contenida y alegría, mientras que la grada amarilla se rompía.
Ya en el segundo tiempo, los chicharreros recibieron su regalo de Navidad adelantado. El buen juego desplegado por el combinado tinerfeñista y el gol de Ayoze revolucionó al Heliodoro, que coreaba “Ole” y no cabía en sí de júbilo. Pero, el plantel de Cervera aún quería seguir haciendo disfrutar a su afición, el mejor agradecimiento a una afición incondicional, siempre fiel, por esos dos años en el infierno de Segunda B. Y así, entre cánticos, botes y gritos, llegó el segundo tanto del Niño, y el fortín santacrucero de vino abajo. Todo el público en pie, haciendo la ola, cantando «Canta y no llores» y gritando «que bote Lobera», una de las tantas alusiones al técnico del rival por sus desafortunadas declaraciones. De esta forma pasaron los minutos, sin bajar la intensidad y con los amarillos desesperados, intentando parar a los locales con patadas y codazos. Cristo Martín y Suso salieron del campo por la puerta grande, con los espectadores a sus pies y con la satisfacción del deber cumplido, y es que el derbi canario se quedó una vez más en Tenerife.