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Cabeza, corazón y tripa

Por @beatrizpalmero

 

Siempre me ha fascinado la maravillosa combinación de cabeza y corazón que es un ser humano. Cómo pueden convivir en armonía o entrar en una encarnizada pugna. Algunos somos más racionales y lo solemos someter todo al juicio de la cabeza pero el corazón sabe conquistar con muchas razones a la inteligencia, e incluso a veces nos sorprende tomando el control. Siendo tan racional como buena tauro que soy suelo darle muchas vueltas a las motivaciones últimas de aquello que hacemos porque, por mucho que racionalicemos nuestras acciones y la pasemos bajo la lupa de nuestras consideraciones, nuestro principal motor es el corazón. Nos implicamos más en aquellas cosas que nos hacen ilusión, ponemos más ahínco en demostrar que somos capaces de hacer algo si antes hemos  sentido coraje porque nos han menospreciado, o trabajamos mejor si nos sentimos valorados.

No hace mucho tropecé con el universo de lo sencillo de Pablo Arribas, que añadía a esta combinación la tripa: Esas acciones viscerales que nos salen de adentro, que escapan a nuestra lógica racional y que incluso va contra nosotros mismos, contra nuestro corazón, porque no es lo mismo amar algo que satisfacer ese impulso primitivo de satisfacción que nos sale de dentro. No acababa de ver yo que fuéramos cabeza, corazón y tripa, pero, bueno, siempre está el Tenerife ahí para hacerme reflexionar sobre lo que somos.

Porque el fútbol, no sé a ustedes, pero a mí me da lecciones de vida bastante a menudo, porque es capaz de sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Nos hace olvidar por unas horas que somos seres racionales y nos hace sentir, sufrir, gritar, enfadar, nos hace temblar y nos hace saltar de júbilo. Y los jugadores son parte de eso.

En la primera parte, se movieron por las ideas que tenían en la cabeza. Para superar al líder hay que hacer esto, hay que hacer lo otro… Vimos un Tenerife muy racional, muy encorsetado, que sólo se movía por la inspiración del niño Cristo González. Por momentos parecía el único capaz de guiarse por sus instintos y olvidarse de la presión. Luego llegó la segunda parte, y Alberto, soltó el brazo. Le salió de la tripa, de la rabia, de ese momento en que no aciertas a pensar. El Osasuna marcó y el partido cambió. El equipo sacó el corazón. Se olvidó de lo que debía hacer y se dejó guiar por lo que quería hacer… luchar contra algo que le parecía injusto. Y con el susto que dio Nano se enrabietó, y al corazón unió las vísceras. Se olvidaron de los calambres, de que eran nueve, de que tenían al líder enfrente. Se olvidaron de las razones.

Y qué quieren que les diga. El Tenerife de los últimos años no nos da muchas alegrías en el juego, no nos deleita con un fútbol de ensueño y en ocasiones hasta nos aburre. Pero… vaya. Cuando saca el corazón y la tripa, cómo nos hace vibrar. Qué bueno sería que no lo encorsetaran tanto con tantas razones. Y lo digo yo, que lo razono todo.