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Buenos y malos (3-7-14)

@juanjo_ramos

Miguel Concepción ha tenido años buenos (2006-2009), malos (2009-2012) y normales (2012-2014) en el CD Tenerife. Pero este balance equivale a ascensos y descensos. Porque nada, absolutamente nada, puede ser valorado como un movimiento de extraordinaria habilidad. Ni ingresos atípicos ni contratos de televisión ni otras negociaciones. Quizás la triquiñuela legal del uso del Heliodoro y la reducción de capital que evitó un descenso administrativo en abril de este año sea lo más sorprendente. Y con ello no se ingresó un solo euro.

El tiempo ha pasado en torno a la entidad como si no pasara. Salvando una leve apertura en comunicación hacia las redes sociales, en muchos aspectos se sigue trabajando como hace diez años. El Tenerife es un gran dinosaurio al que le cuesta mantener el paso. Las mismas campañas de abonos, la misma miseria en la Ciudad Deportiva, la misma ausencia de un portavoz, la misma (lenta) capacidad de reacción, la misma falta de contundencia ante las agresiones externas, la misma falta de iniciativa en tantos y tantos temas.

Ese inmovilismo, fruto de la escasa agilidad presidencial (Javier Pérez solo hay uno), alimenta cualquier esperanza de cambio. Hasta hace poco no había otro ni aunque fuese peor. Pero la aparición de César Gómez ha despertado de su letargo al tinerfeñismo. Un tinerfeñismo que quiere más.

No le basta con la mediocridad de Segunda. El lugar del CD Tenerife es la Primera División. Por eso, cuando Concepción anuncia que el objetivo de la próxima temporada será la permanencia y luego no desaprovechar la oportunidad de meterse en el play off si se presenta, muchos fruncimos el ceño. Nos parece poco. Un premio de consolación.

No soy yo el que debe valorar si el inversor Stefan Wierig decía la verdad. Siempre parto de la presunción de inocencia. Y prefiero creer que dudar. Le correspondía a Concepción  averiguar si su proyecto era solvente. Si tenía dinero y capacidad para, respetando nuestra identidad, aspirar a algo mejor que la permanencia y no desaprovechar una oportunidad.

Pero lejos de conseguirlo, el presidente renunció inicialmente a tener las garantías, dio largas en el proceso y acabó rechazando la venta. Sus razones tendría, aunque se escondiera detrás de un comunicado al que no se le podían hacer preguntas.

De ese comunicado, hay algo que duele más que la negativa. Duele que el empresario palmero nos tome por tontos. Tanto negando que controla un 40 por ciento de las acciones de la SAD (llevó el  40,12 a la última junta) como refiriéndose la voluntad de los 30.000 accionistas. ¿Cuándo los ha tenido en cuenta en estos ocho años y medio?

No se trata de buenos o malos. No se trata de canarios o extranjeros. No se trata de gente con dinero o sin dinero por muy importante que sea en el fútbol. No se trata de los negocios personales de cada uno. No se trata de las aspiraciones presidenciales de nadie. No se trata de apoyar al más simpático o al que te dé más noticias. Se trata del CD Tenerife.