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Basado en hechos reales (30-10-14)

por @juanjo_ramos

Él tiene 39 años, mujer, dos hijos y un trabajo de esos que le permite mantener, no sin apuros, a su familia. Va ahorrando, poco a poco, con la intención de comprarse algún día un pisito en el Barrio de Salamanca, donde nació y se crió. Siempre con el temor a que la crisis acabe con su teórica estabilidad.

Cada día madruga para ir a trabajar y, por las tardes, lleva a su hijo a entrenar y se reúne con los amigos en un bar del barrio. Allí discute de fútbol, toma una cerveza y se entretiene. Como hobby, añade echar una mano a un club humilde de fútbol sala. A propuesta del presidente, que parece un tío honrado, entra en la directiva. Para él, la cuestión es puramente honorífica. Un reconocimiento a su labor.

Y esa labor se reduce a pegar octavillas del siguiente partido por los comercios del barrio, usar su coche como taxi para algún desplazamiento hacia la cancha, traer agua, ticar entradas, vender camisetas o escuchar a algún jugador que necesita un hombro sobre el que apoyarse. No firma cuentas, ni maneja dinero ni hace fichajes. Solo echa una mano. Y, por supuesto, en los partidos se deja la garganta animando.

Cada poco tiempo va contagiando a gente. Su hermano, su primo, los amigos… A todos les cuenta el sueño de un equipo de barrio que crece cada temporada. Que quiere llegar a Primera. “Pero eso es muy caro”, le dicen algunos. “Yo en temas de dinero, ni idea. Eso lo controla el presidente, que siempre cumple con los chicos”, responde.

Un buen día se hace realidad el sueño. La Primera División es una realidad y él, que hasta ha puesto a su equipo por delante del CD Tenerife en las preferencias, se siente orgulloso. Y partícipe de un éxito en el que puso su granito de arena sin cobrar un solo euro.

Tres meses después, despierta. Su presidente, el que le pidió entrar en la directiva y parecía un tío honrado, es (presuntamente) un delincuente que ha sustraído dinero de su empresa para inyectarla (en parte) en el club. Su capacidad de gestión es (presuntamente) una farsa. Su integridad, (presuntamente) una máscara. De la noche a la mañana, un desconocido.

Atónito, escucha en la radio que un cargo político le recomienda que busque un abogado. “¿Un abogado? ¿Yo? Pero si yo no he hecho nada malo”, lamenta entre lágrimas. “Pero si los primeros engañados somos nosotros”, insiste en un grito ahogado. Se lo cuenta a su familia y empieza el drama.

P.D. Esta historia está basada en hechos reales. Hay un club (Uruguay FS) a punto de desaparecer, un grupo de directivos que cometieron la imprudencia de no desconfiar de un (presunto) amigo y presidente que siempre cumplía, una veintena de trabajadores está a un paso del paro… y nadie ha dimitido en Simpromi o en el Cabildo. Igual nadie debería dimitir por confiar demasiado en un (presunto) ladrón. Aunque su trabajo sea asegurarse de que sus subordinados hacen bien su trabajo. Igual los directivos no deberían sentirse solos y amenazados porque el (presunto) ladrón también les engañara a ellos.