Por @rondoscutillas
El Tenerife ha encontrado, por fin, el camino hacia la avenida de la recuperación. Tras vagar durante una decena de jornadas, sin brújula, por la calle de los errores, tropezar demasiadas veces en el pasaje de las facilidades al contrario e incluso rodar cuesta abajo por la humillante vereda del descontrol, ha detenido la caída. Lo hace magullado y a cierta distancia de los notables del campeonato. Pero aún está entero. Además, ahora tiene la confianza que da saber que, difícilmente, tendrá un partido con un escenario peor que el del pasado sábado en el Heliodoro ante el Alcorcón y del que supo salir ileso.
Perder 0-2 a los 4 minutos ante tu público, y con el entorno crispado por la imagen mostrada y los pobres resultados obtenidos, supone una invitación a tirar la toalla y claudicar. A abrir una zanja en el suelo, meterse dentro y esperar a que pase la tormenta. Pero, como escribí la semana pasada, las emociones juegan un papel preponderante en esto del fútbol. Y, cuando las buenas se alinean para favorecer al equipo de tus amores, hay pocos placeres y regalos mayores que ese en la vida cuando estás sentado en la butaca de tu grada favorita.
El 3-2 del pasado sábado supone una oportunidad como pocas para hacer borrón y cuenta nueva. Constituye el punto de partida idóneo para que Oltra active los mecanismos necesarios para que aparezca, con mucha más frecuencia, el equipo ambicioso, intenso y efectivo de la segunda parte. Si el valenciano lo consigue, los resultados que todos queremos van a llegar más pronto que tarde. Todavía hay tiempo de sobra para redimirse del mal inicio de temporada. Solo hay que aprovechar el cambio de hora para hacer que el reloj blanquiazul se sincronice, de una vez por todas, con la manera de sacar el mayor rendimiento posible a la generosidad en el esfuerzo que derrocha cualquier componente de esta plantilla.
La agresividad con la que el Tenerife devoró al Alcorcón debe ser la sinfonía que, partido tras partido, borre las desafinadas notas que se interpretaron, entre la candidez de las disputas en los balones divididos y la reiteración de los errores defensivos, en el primer cuarto de esta Liga.
Voy a pasar de puntillas esta semana por el debate de si los blanquiazules juegan mejor con cuatro atrás o con cinco. De hecho, solo deseo que llegue el partido en Los Pajaritos ante el Numancia para comprobar que lo que viví en el Heliodoro no fue un espejismo. Y que ese Tenerife ordenado y, a la vez, dinámico, incontenible y rematador que obró el milagro cuando ya estaba todo perdido no fue algo casual. Ni tampoco efímero.
Quiero constatar, en un choque complejo como el de Soria, que este grupo progresa adecuadamente a la hora de metabolizar todo lo bueno que ha aportado Oltra desde su llegada. Espero también que, por fin, estemos ante un Tenerife que sea capaz de reconocerse a sí mismo y que, al mismo tiempo, sepa cómo disimular las carencias que aún tiene en pie.
Para eso solo hay que recordar cómo se superan los imposibles cuando la unidad de un vestuario fluye, con confianza, a través del talento individual de cada jugador sobre el césped. Lo del último partido solo fue un paso y hay que buscar, desde ya, la manera de dar los siguientes. Por eso, considero que la remontada ante el Alcorcón, con el equipo desatado y sin complejos, supone el asfalto idóneo para que el ritmo futbolístico de este equipo ruede cada vez a mayor velocidad por la más que recomendable carretera de la autoestima.