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Autoestima (7-1-15)

Por @jf_rojas

Vengo pensando estos días en la forma en la que habríamos recibido un empate como el del domingo pasado hace sólo unos años. Recuerdo un tiempo en el que en el Estadio no se aceptaba cualquier cosa a cambio del resultado de turno. El club vivía asociado a un estilo de juego vistoso y moderno y la grada demandaba resultados pero también exigía una determinada manera de conseguirlos. No valía todo y de hecho más de una victoria podía ser acogida con frialdad e incluso desprecio si el equipo no estaba a la altura de las expectativas. Es posible que aquello tampoco fuera lo ideal pero al menos entonces la gente entendía que el juego también formaba parte del patrimonio del club y que era una valiosa seña de identidad por la que el Tenerife era conocido en cada rincón del país.

Los tiempos han cambiado y partidos como el del fin de semana no sólo no generan rechazo sino que incluso provocan cierta admiración. El estilo ya no es ni motivo de conversación. El entorno acepta con naturalidad que el plan del Tenerife en el Heliodoro consista en ceder la iniciativa al rival y que casi todos los argumentos ofensivos queden a cargo de la inspiración de un solo futbolista. Si esa es la mejor forma para conseguir el resultado, que así sea, reza el argumento invisible que late tras cada valoración. Cualquier reivindicación al pasado del club o a ese juego del que una vez fuimos abanderamos se juzga como una manifestación amanerada e ingenua de espaldas a la realidad. El fútbol y, sobre todo, el Tenerife, han cambiado y no se puede exigir lo mismo que entonces. No se puede pedir más. Somos pobres. Esto es lo que hay.

Poco a poco el Tenerife ha ido olvidando su pasado más brillante, el que forjó su identidad como club importante en el fútbol nacional, para ir sintiéndose cada vez más cómodo en la mediocridad. No hay nadie más pobre que el que se conforma con serlo y esto ha venido empezando a suceder con todo lo que rodea al club desde hace ya unos años. Hemos bajado el listón y aquello que hace sólo un puñado de temporadas no nos parecía a la altura ya nos resulta más que suficiente. Se detecta hasta cierto regocijo en la vivencia de esta pobreza y humildad en la que se maneja el club al punto que lejos de luchar contra ella algunos la han tomado como seña de identidad. Somos pobres, somos pocos y el buen aficionado tiene que aceptarlo y hasta enorgullecerse de ello.  

Quizás sea que aún tengo frescas las sensaciones de la noche de reyes pero debo decir que mi conexión con el Tenerife siempre habitó el terreno de las ilusiones y los sueños. He acompañado al equipo en las buenas de la Uefa y en las malas de la Segunda B y siempre lo hice desde la convicción de que era un club grande. Jamás identifiqué al Tenerife con esa entidad humilde y desgraciada a la que hay que querer como se quiere a un pariente pobre. Dejo el sentimentalismo y las penas para la realidad cotidiana. Al Tenerife lo quiero porque me ha hecho soñar y porque sé que puede volver a hacerlo. No me siento representado por una entidad que cada dos semanas reúne a nueve mil sufridores encantados de serlo. Quiero a un club con autoestima, con necesidad de crecer y que se sienta con el derecho de estar entre los grandes. Si el Tenerife es esa otra cosa conformista, aburrida y muerta en vida que parece que hay que aceptar, sin ninguna mala conciencia, yo me borro.