Por @rondoscutillas
El CD Tenerife no deja a nadie indiferente. Le va la marcha y cumple a la perfección con esa frase que dice que ‘el aburrimiento es el sentimiento de querer hacer algo y no atreverse’. Aquí nunca hay lugar para los bostezos. Al contrario, siempre pasa algo. Lo último es que, por fin, podemos enmarcar la fecha del pasado 13 de abril como la efeméride en la que los blanquiazules dejaron de ser el único equipo de Segunda que no había ganado fuera esta temporada.
El equipo que dirige José Luis Oltra es atrevido. Suele proponer más que sus rivales, salvo en alguna que otra debacle, para llevarse los partidos. Tiene un centro del campo dinámico que, sin duda, está entre los mejores de la categoría. Incluso las bandas también han mejorado en las últimas semanas y solo las áreas siguen siendo su gran asignatura pendiente. En la propia porque concede más de lo recomendable. Especialmente en una categoría igualada como esta Segunda, en la que los encuentros se deciden a veces por ese tipo de detalles. Y en la ajena porque, pese a los tres goles materializados ante el Rayo Majadahonda, aún sigue siendo el equipo que necesita disparar más veces a puerta para hacer gol.
Este Tenerife es tan osado que, normalmente, necesita encajar un gol en contra para ponerse en marcha. Volvió a suceder en el Cerro del Espino, donde el rival se adelantó en el primer minuto de juego. Se cumplió así, una vez más, el guión habitual de un curso en el que los isleños han sido condenados a remar ante la adversidad que supone ser el primero que encaja.
Este equipo es tan poco aburrido que, otra vez, volvió a atreverse a remontar un partido. Como ante el Alcorcón. Como ante el Osasuna. Pero esta vez, para regocijo de todos, lejos del Heliodoro. Ha tardado nada menos que ocho meses en quitarse de encima esa pesada losa. Un lastre que, sin duda, ha mermado cualquier posibilidad de conseguir pelear por un objetivo mejor que el de limitarse a seguir en Segunda una temporada más. La reincidencia en la sintomatología del comportamiento del Tenerife a domicilio, la primera victoria del último ejercicio fue en El Sadar un 1 de abril, desnuda que los blanquiazules tienen un problema mayúsculo cuando ejercen como visitantes.
Como a este Tenerife le van los desafíos, este domingo tendrá otro con motivo de la visita del Almería al estadio. Hace más de un año, el 8 de abril de 2018, los blanquiazules encadenaban una serie de tres victorias consecutivas ante Lorca (2-0), Osasuna (0-1) y Sevilla Atlético (2-0). Esa fue la última oportunidad en la que fueron capaces de ganar dos partidos de manera sucesiva. Así que el partido ante los andaluces debe servir para ratificar, de verdad, que el Tenerife es capaz de desprenderse de otro molesto adhesivo. Ganar al Almería sería alejar el abismo a una distancia considerable y, sobre todo, permitiría no ir una semana más tarde a Almendralejo a jugar una auténtica final por la permanencia.
En este último aspecto, admito que estoy relativamente tranquilo. Sobre todo porque los números tampoco engañan. De hecho, dejan al Tenerife como el equipo que menos goles encaja de los últimos ocho clasificados (39 frente a los 42 del Lugo) y también señala a los isleños como el que menos partidos pierde de los equipos que luchan por eludir el descenso (10 derrotas frente a las 12 del Numancia).
Ahora solo nos resta que el entorno, medios de comunicación e incluso los componentes de la plantilla y los dirigentes de la entidad aprendan bien la lección. Y se la repitan como un mantra hasta grabársela a fuego para que no vuelva a suceder. Es imposible ser candidato a nada en Segunda si, durante dos años seguidos, consigues tu primera victoria en abril. Y también es una utopía hablar de conseguir cosas importantes si has sido incapaz de enlazar dos victorias consecutivas en más de un año. Decir lo contrario, en agosto o en diciembre, es hablar por hablar y supone, sin duda, el mayor de los atrevimientos.