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Ataques de entrenador

Por @beatrizpalmero

No podemos negarlo. Raúl Agné tiene ataques de entrenador. Muy frecuentes últimamente, por cierto. No es el primero que los sufre, ni será el último. Aún no he conocido a ningún entrenador que en un momento importante o delicado para el equipo no intente sacarse un conejo de la chistera para dejar boquiabierto al personal. Cierto es que a los buenos entrenadores algunos ataques de este tipo le pueden salir bien, incluso muy bien. Pero no es la norma, y, claro, cuando todos miramos con asombro el sombrero y el conejo no llega a salir nunca, más vale que el entrenador tenga un paraguas a mano, porque si el truco sale mal, no es agua precisamente lo que va a llover sobre él.

De hecho, una vez leí, no recuerdo muy bien dónde, que un ataque de entrenador es la manera un tanto despectiva de decirle a un técnico, una vez terminado el encuentro, que ha metido la pata hasta el fondo, por decirlo de una manera en la que se pueda escribir sin que resulte grosero. Y lo nefasto de algunos ataques es tan evidente que no hace falta siquiera esperar a que acabe el partido. Como pasó ante el Oviedo, porque la falta de lógica era tan evidente que era imposible  que llegase a buen puerto. En siete minutos el rival había ya estrellado un balón al palo (aún en jugada invalidada) y marcado a balón parado. Otros siete tardó el técnico en deshacer el entuerto, cuando el aficionado aún se restregaba los ojos para comprobar que sí, que Cristian García estaba pululando por el  centro sin saber muy bien dónde estaba, por mucho que diga que ya ha jugado ahí,  y que no, no lo estaba soñando.

Luego el equipo se reordenó de manera natural y hasta nos engañamos pensando que no estaba todo perdido. Pero a Agné le gusta demasiado el fútbol directo, en transiciones rápidas, y muy poco la conducción del balón, así que situó a Omar en la punta y desconectó al equipo de la verticalidad de los cuatro de arriba. Peor aún, dejó a los dos mediocentros con tarjetas sobre el campo y con demasiada tarea por hacer para ellos solos.  Y en su lógica de entrenador, explica que el problema no es encajar a balón parado, sino conceder esas faltas o córneres. Cierto. Pero si encima no se defienden bien esas jugadas, hay un segundo problema que se añade a la ya de por sí larga lista, en la que hay asuntos más graves, como su siembra de desconcierto entre la plantilla, con tanto cambio de sistema y de piezas sobre el césped, que merma una confianza muy escasa.

Así que después de dobles y triples privotes, defensas de cuatro, de cinco y de tres y de unos cuantos cambios más, sólo puedo llegar a una conclusión: demasiados ataques de entrenador para tan poco tiempo. Parece que Agné extravió el libreto de soluciones, como El gran héroe americano, y no sabe manejar muy bien sus superpoderes. Yo no soy entrenadora, claro está, ni tengo la varita mágica para solucionar los males del equipo, pero a estas alturas sospecho y hasta puedo presentar pruebas de que Agné tampoco. Aún recuerdo cómo nos desarboló el entrenador del Nástic con dos movimientos. ¿Es mucho pedir que el técnico sepa leer así, ya no sólo los partidos, sino las necesidades de su propio equipo?

A estas alturas, sólo puedo pensar que el entrenador le ha dado tantas vueltas a los problemas del equipo que ya es incapaz de razonar con tino. En el club no lo creen así y le dan oportunidad de corregir. Y yo sólo temo que en Palamós tenga otro ataque de entrenador y nos quedemos descolgados ya en la jornada cinco. Aunque no voy a negarlo, siempre me quedará la esperanza de que acierte y me dé en los besos. Igual así sonrío al fin.