Por @beatrizpalmero
Decía Aristóteles que el hombre es un animal social que desarrolla sus fines en el seno de una comunidad. Pero argumentaba que, a diferencia de otros animales, como las abejas, los hombres crean culturas, un conjunto de reglas, costumbres e ideas con las que no nace, pero que aprende en su crecimiento. Ese proceso de aprendizaje es, grosso modo, lo que conocemos como socialización (y digo grosso modo porque estoy segura de que los entendidos en filosofía y sociología podrían hacer mil matices a esta afirmación).
A nadie se le escapa que el deporte es una parte importante de la cultura que heredamos. Así hay más posibilidades de que un estadounidense ame el béisbol, un británico practique el criquet o un sudafricano el rugby. Luego ya depende de la importancia que el deporte tenga en nuestro proceso de aprendizaje. En mi caso, sobra decirlo, fue importante.
Con el tiempo, me he dado cuenta que un recinto deportivo es un escenario perfecto para la integración social. De repente, compartes un sentimiento absolutamente irracional con cientos, miles de desconocidos, que experimentan la misma pasión irrefrenable que tú. Y eres capaz de sentir lo intangible de momentos mágicos y saber a ciencia cierta que otros tantos están percibiendo las mismas emociones. ¿Qué mejor manera de sentirte parte del mundo que te rodea? Yo me socialicé blanquiazul.
Eso sí, en ese sentimiento colectivo, no sólo caben, sino que son imprescindibles los individuales. A veces lo colectivo te subyuga, te empuja, y es imposible no sentir esa corriente afín y no dejarte llevar por ella. Otras veces los pareceres unipersonales son tan dispares, tan encontrados, que es imposible generar esa sensación de unidad. Y, a veces, tu yo interior, lejos de sentirse como pez en el agua, siente que no forma parte de esas sensaciones que palpa a su alrededor, y se siente fuera de lugar en un entorno que, no hace mucho, era su medio natural. Mi compañero Óscar Herrera diría, tal vez, que se siente como un marciano. Yo simplemente, me siento desplazada. Ni comparto todo lo que escucho a mi alrededor, ni suscribo todo lo contrario. La educación recibida, mis valores, me dicen que los extremos no son buenos, ni negar la mayor ni tragar con todo. Y me siento en conflicto.
Ser crítico no es atacar constantemente y ser constructivo no es defender contra viento y marea el fuerte. Ser crítico no es buscar un arma nueva con el que atacar, sino evaluar los argumentos a favor y en contra. Ser constructivo es reconocer los peros y alabar los aciertos. Y veo muy poco de eso en mi entorno, en las redes. Y no, no me siento cómoda ahora mismo, ni siento la ilusión o la magia que otras veces me hace sentir que formo parte de algo muy especial. Creo que hoy podría decirle a Aristóteles que me siento de otras muchas maneras, pero no como un animal social.