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Álex García y sus cojones, por @ivanvillanua

Ya he hablado en más de una ocasión de esto. Pero quizá es cuestión de seguirlo repitiendo semana tras semana. Ocurrió este sábado tras el encuentro ante el Girona. Álex García aparecía en la zona mixta para hablar con los medios de comunicación desplazados desde Tenerife. El futbolista, todavía con el pulso por encima de la media natural producto de un partido competitivo no dudó ni un solo segundo en sincerarse: a los tres periodistas allí presente reconoció que estaba hasta los cojones de las faltas de respeto desde un sector del periodismo deportivo tinerfeño. Mirando a los ojos explicó en apenas tres minutos a qué se debía su enfado y por qué entendía que el límite ya se había sobrepasado. E hizo énfasis en algo en lo que no puedo sino darle la razón: aludió a la preocupación de sus padres cuando escuchaban todo tipo de burlas sobre su hijo. Y él (que ya tiene bastante con lo suyo), tenía que tranquilizarlos para evitar que se preocuparan.

Álex García no ha sido sino el portavoz de una plantilla donde la gran mayoría piensa como él: se ha pasado de la opinión al fusilamiento verbal utilizando como único arma un micrófono y las ondas. Bien es cierto que esto no pasaba hace diez años. La revolución digital y la llegada de las redes sociales ha tenido un efecto multiplicador en cuestión de segundos y ahora, cualquier persona con un mínimo destreza es capaz de abrirse una cuenta en ellas y ser un opinólogo más. A partir de ahí, carguen, apunten y tuiteen.

De este circo somos culpables todos. Futbolistas, periodistas, aficionados y todos aquellos que tengan relación con un deporte que, a mi personalmente, cada día me parece más deshumanizado. Pero también es verdad que, como en todo espectáculo, deben existir unas reglas que no debemos rebasar jamás por muchas ganas que tengamos. Se lo dije personalmente hace poco tiempo a un profesional de esto: hemos llegado a un punto donde no somos conscientes de que lo que digamos no solo afecta al actor sino también a su entorno más íntimo.

Les pido que se pongan en la piel de Álex García un domingo por la noche. Termina un partido donde no ha estado bien, se siente cabreado consigo mismo por su actuación y la primera llamada que recibe es a miles de kilómetros de distancia de unos padres (que ya tendrán una edad), nerviosos porque lo que han escuchado sobrepasa la opinión deportiva. El jugador se ve obligado a aparcar su reflexión para tranquilizar a sus padres y cuando lo consigue su estrés se multiplica por dos: su enfado más la descarga emocional para aliviar a su gente más querida. ¿No hubieran estallado como él? A mi me parece que incluso ha aguantado bastante.

Esta reflexión es para todos: ni debemos arrodillarnos como comentaristas diciendo a todo «Sí bwana» por una hora y media de protagonismo banal, ni debemos ir más allá de lo que sea analizar un encuentro de fútbol. Ni es justo haber comenzado la temporada fusilando y dando palos al muñeco porque aquello provoca tensiones como esta. El futbolista no es un robot que salta a un campo y pensamos que no le afecta nada. Eso es mentira. Son personas como nosotros: con su vida, sus preocupaciones, su hipoteca, sus hijos que son mejores o peores estudiantes y sus padres que se hacen mayores y hay que cuidarlos. Sí, juzguemos su trabajo, pero dentro del terreno de juego. Hasta ahí. Es lo único que pide García y muchos más que van a seguir su estela si a esto (después de lo de este sábado), no se le pone de una vez remedio.