Por @IvanVillanua
«Muy sencillo…tengo cocorota». Con esa genial frase Alejandro Rodríguez respondía a los medios de comunicación esta semana cuando, en el acto de entrega de los Premios Nacionales del Deporte 2013, le preguntaban cómo había sido capaz de separar con sus brazos a dos adultos que, en un partido de fútbol, discutieron vivamente al término del encuentro.
La imagen, de TintaAmarilla, dio la vuelta al mundo y el pequeño se convirtió en todo un icono que ha derivado en el reconocimiento de todo el país por su gesto con el que evitó la violencia, una vez más, en un encuentro de fútbol.
En una semana marcada por la muerte de un radical del Deportivo de La Coruña (no lo digo yo, lo dice su extenso y delictivo currículum penal), el gesto del canario Alejandro llega como agua fresca para todos. Desgraciadamente estos violentos sinvergüenzas seguirán haciendo de las suyas. No los dejarán entrar pero en su sangre llevan veneno y lo único que les chifla es destrozar a todo lo que se les ponga por delante: sea mobiliario urbano o seres humanos.
Este pasado sábado, cuando tenían la oportunidad de poder pedir perdón, gritar ¡No a la violencia! y disolverse, lo que hizo Riazor Blues en un comunicado a los medios fue no solo esconderse como cobardes (diciendo que ellos no sabían nada y que todo fue una encerrona), sino que además siguieron metiendo gasolina en la hoguera acusando a los radicales rojiblancos de haber sido los culpables y, por ende, los asesinos. Es decir: la palabra paz no la conocen.
A estos, valientes en grupo, y frágiles como un papel de sea cuando pasean solos por la calle, deberían aprender de un niño que no solo pone paz antes dos mayores de edad sino que, encima, se comporta como un caballero junto a todo un histórico del fútbol como Simeone (los otros posiblemente se le hubieran puesto al lado jadeando y gritando cánticos ultras). Alejandro, como bien dijo, tiene cocorota. Con los otros Darwin, posiblemente, hubiera hecho experimentos dentro de una jaula.