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Agné cree que el Tenerife «no estaba tan mal como parecía»

Redacción Deporpress | Raúl Agné cumple dos meses al frente del banquillo tinerfeñista. 60 días que le permiten valorar a este CD Tenerife. Un club que «me ha sorprendido, para bien, la seriedad», porque «lo que promete, lo cumple». Además, recalcó la importancia que tiene el que «te deja trabajar muy bien en el día a día y eso es algo que no todos los clubes hacen».

Además, «y aunque eso sí me lo esperaba, también me parece especial la afición». «Me tocó sufrirla de visitante y su ayuda nos permite jugar en el Heliodoro con un entorno positivo». continuó en una entrevista que ofreció este domingo a Bota Heliodoro, la revista oficial de cada partido en casa del conjunto blanquiazul. Este es el resto de la conversación.

– ¿Usted es un ejemplo de futbolista por tradición familiar?
– Por tradición familiar y porque nací en un pueblo muy futbolero como Mequinenza, en un tiempo en el que los únicos entretenimientos que teníamos eran la bicicleta y jugar a la pelota. Además, también ayudó la tradición familiar: mi padre fue portero y llegó a jugar en el equipo juvenil del Barcelona, mientras que mi hermano Vidal también fue portero y llegó a jugar en el Lleida.

– ¿Y también se hizo entrenador por tradición familiar?
– No. Es verdad que mi hermano empezó antes, que también es entrenador [desde el pasado mes de enero dirige al Mequinenza, de la categoría regional aragonesa] y que cuando estuvo dando clase en la Isla [es profesor de Educación Física] dirigió al Satélite y al San Andrés… pero yo ya era entrenador desde que jugaba, desde que era juvenil. Con 16 años ya dirigía a un equipo de niños y tenía esa idea de intentarlo, de al menos probar para ver si servía para ser entrenador. Y como en mi último año en el Girona me rompí la rodilla, pues decidí dejarlo joven y el Peralada, de Tercera División, me dio la oportunidad de comprobar si valía o no… y aquí estoy.

– Antes fue futbolista…
– Sí, jugaba en el pueblo, en Mequinenza, cuando un señor de Zaragoza me ofreció jugar en las categorías inferiores del Zaragoza y allí me fui. Llegué a estar en el filial con gente como Salva, García Sanjuán, Moisés, Cornago… El técnico era Víctor Fernández y la verdad es que se juntó una promoción muy buena y estuvimos peleando por el ascenso a Segunda División. Fue el año que cesaron a Ildo Maneiro y subieron a Víctor al primer equipo para construir al gran Zaragoza de los noventa. Víctor me conocía y estuve a punto de ir alguna vez con el primer equipo y debutar en Primera División… pero no pudo ser.

– A cambio, desarrolló una trayectoria importante en Segunda División B como marcador central o mediocentro defensivo en la que colecciona más expulsiones que goles. ¿Se le puede definir como un defensa rústico?
– No, no tanto… Me gustaba sacar el balón desde atrás, pero también es verdad que en un tiempo en el que el reglamento era más permisivo, digamos que me iba el contacto y que no renunciaba a la batalla… Y como era de los que se calentaba en exceso con frecuencia, pues de cumplir dos o tres ciclos de amonestaciones por temporada no me libraba nunca. Y de dos o tres tarjetas rojas, tampoco. Lo de calentarse más de la cuenta es un defecto que tengo que corregir… y estoy en ello. Voy mejorando, pero aún queda camino por recorrer.

– Como entrenador, tras dirigir en Tercera División al Peralada y al Palamós, con 37 años se hace cargo de un Girona que acaba de ascender a Segunda División B y en su primer año logra llevarlo a la Liga Adelante. ¿Esa temporada fue clave para que pudiera convertirse en entrenador profesional?
– Sin duda. Yo siento al Girona como mi cuna como técnico y sé que, sin ese ascenso, hubiera sido mucho más difícil hacerse un hueco en el fútbol profesional. La clave es entender que entrenar es una pasión y que, si no lo sientes así, no puedes convivir con una profesión que tiene mucho desgaste y en la que tienes que aceptar muchas cosas que no te gustan. Mi idea como técnico era comprobar si valía o no y en Girona me ofrecen la oportunidad de dirigir a un equipo importante con el objetivo de salvar la categoría como sea, pero en octubre nos ponemos líderes y ahí estamos de la jornada 8 a la 38. Y luego superamos las eliminatorias sin perder un partido… y paso a ser de los técnicos más jóvenes de Segunda División.

– Supongo que para llegar al banquillo de un equipo profesional hará falta algo más que suerte o un buen año.
– Sí, por supuesto, pero para asomar la cabeza en este mundo necesitas algo así y a mí me ocurrió en Girona. Fue un año muy importante y personalmente me alegra que muchos de los jugadores que ascendieron desde Tercera División se consolidaran después en el fútbol profesional. Y alguno hasta juega ahora en Primera División.

– Sin embargo, pese a que los resultados en Segunda División no eran malos, no acabó la temporada. ¿Tan grande es el desgaste de permanecer en un mismo sitio?
– Me echan porque no quise renovar… pero sí es cierto que el desgaste es muy grande en todos los sitios. Sólo vale ganar. Y al final, cuando estás mucho tiempo en un sitio, es difícil que no se desgaste la relación con el club, con los jugadores, con la gente… Es muy difícil que un proyecto pueda durar más de dos o tres años, porque el desgaste es muy fuerte, aunque en Girona, ya digo, me ofrecieron renovar, no quise porque quería probar otras cosas y al final me echaron. En todo caso, la relación que quedó con los dirigentes es fantástica. Y con el club también: un año después, con otros dirigentes, me volvieron a llamar.

– En medio dirigió unos meses al Recreativo y tuvo la oportunidad de ejercer por primera vez como revulsivo. ¿Tan diferente es asumir la dirección de un equipo desde el inicio a hacerlo con el curso empezado?
– Es muy, muy distinto. Siempre es fútbol, pero no es lo mismo. Se trata de consolidar una idea a través del aprendizaje, pero mientras compites. No digo que sea más difícil, pero sí que es distinto porque manda el ahora, lo más inmediato y hay que saber adaptarse. No hay tiempo y los resultados deben ser inmediatos.

– Pues en Huelva, pese a un 3-0 en la Copa del Rey ante el Atlético Madrid de Forlán y Agüero, le costó siete partidos lograr la primera victoria liguera.
– Nos costó muchísimo arrancar y no veas lo mal que se pasa. Empatábamos mucho, pero costó despegar. Luego hicimos una gran segunda vuelta y la pena es que entonces subían tres directamente y no había eliminatorias de ascenso, pues hubiéramos peleado por ellas.

– Su siguiente experiencia como revulsivo fue en un Cádiz que se iba a Tercera División. ¿Ya eso le vacuna para cualquier experiencia posterior?
– De largo. Un año en el Carranza no veas cómo curte. El Cádiz es siempre favorito al ascenso y a punto de acabar la primera vuelta era antepenúltimo. Venía de sumar un punto en siete jornadas, jugando con el campo lleno, la gente exigiendo… Al final logramos la permanencia con solvencia, pero Cádiz es una plaza complicada, más complicada que muchas de Segunda División.

– Con ese bagaje, no le debió costar hace unos meses decidirse por el Tenerife. ¿Qué le animo a aceptar la oferta?
– Mi obligación profesional es aceptar retos, para eso soy entrenador. Y también me animó mucho que fuera el Tenerife, un club histórico al que apetece mucho venir por muy lejos que esté. Además, lo había visto jugar y estaba convencido de que podría ayudarlo a salir de la situación en la que se encontraba.

– Después de dos meses en la Isla, ¿qué es lo que más le ha sorprendido respecto a lo que se esperaba encontrar?
– Me ha sorprendido, para bien, la seriedad del club: lo que promete, lo cumple. Te deja trabajar muy bien en el día a día… y eso es algo que no todos los clubes hacen. Y aunque eso sí me lo esperaba, también me parece especial la afición. Me tocó sufrirla de visitante y su ayuda nos permite jugar en el Heliodoro con un entorno positivo. Para mí, el Tenerife es un club importante.

– ¿Y qué análisis hace del vestuario que se encontró?
– También me ha sorprendido para bien. Estando en una situación delicada, se ha demostrado que no es un grupo peligroso. No hay hostilidad, sino todo lo contrario. Es un grupo humano con mucha calidad y yo creo mucho en la buena química de los vestuarios, en la parte humana del fútbol. Siempre he pensado que el ser humano tiene potencial para conseguir lo que se propone y creo mucho en el trabajo desde la responsabilidad, la exigencia y la autocrítica.

– ¿Y cómo se sale de una situación tan delicada como la que vivía el Tenerife?
Pues tirando de esos valores: de la responsabilidad, de la exigencia y de la autocrítica. A partir de ahí, hay que tratar de ser honestos siempre como método para dignificar la profesión. Esa es la mejor forma de evitar la relajación… y, si alguien se sale del guión, pues se pone a otro. Para mí, con el esfuerzo no se negocia: es una obligación.

– Lo de ir partido a partido, como ha defendido, ¿es un tópico o una realidad?
– Hay que ir partido a partido, pero evitando que se convierta en un tópico. Hay que hacer que la gente crea en ello, porque, a veces, de tanto decirlo, el mensaje se vacía de contenido. En el fondo, la única clave es ganar. Y a partir de ahí recuperar la confianza y jugar mejor.

– Tras dos meses en la Isla, ¿ya tiene un diagnóstico de lo que le ocurría al Tenerife? ¿Ha podido hablar con Álvaro Cervera sobre lo que le sucedía al equipo?
– No he hablado con Álvaro porque he preferido tener una perspectiva propia de lo que ocurría. Muchas veces, la percepción de la gente que está dentro no es objetiva y se hace un mejor diagnóstico viéndolo desde fuera. De hecho, podíamos haberle preguntado a Raúl [Cámara], con el que coincidí en Huelva, pero preferimos no tener una versión intoxicada y hacernos nuestra propia valoración… y la valoración que nos hemos hecho es que el Tenerife no estaba tan mal como parecía desde fuera.