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Aficionados y clientes

Por @juanjo_ramos

Se enfadaba el otro día un señor en twitter porque realicé en la radio una división entre aficionados y clientes. El objetivo, lejos de ser despectivo con los segundos, era describir el panorama actual de un tinerfeñismo que ha perdido sus ganas de ir al Heliodoro. El Tenerife se ha dejado por el camino más de 2.000 abonados en un año. Las cifras, previas al primer partido en casa, le otorgan un descenso considerable que tiene que ver, inexcusablemente, con el producto ofrecido.

A saber, el verano pasado se vendió un paso adelante y un intento de jugar el play off con 11 fichajes y una profunda remodelación de la plantilla. Fruto de los errores en los fichajes, el mal inicio y otros factores ya debatidos, la temporada fue un desastre. El equipo acabó salvando la categoría en la penúltima jornada y muchos desertaron. ¿Por qué?

Es inevitable hablar de la crisis. Hay gente que querría ir al Estadio, pero no se lo puede permitir. Nada que reprocharles. Ojalá sus condiciones mejoren y puedan volver pronto. Otros, en cambio, han elegido no comprar su abono. Y ahí entra la famosa división. Tengo para mí que los aficionados a un club son aquellos que, gane o pierda, acuden siempre a la llamada. Les da igual si el equipo va bien o va mal, el presidente es Fulanito o Menganito, el entrenador es defensivo u ofensivo, la plantilla mejor o peor, más canterana o menos. Es su equipo. Y aunque tienen su opinión y sus preferencias, no dejan de ir y animar porque discrepen. Al fin y al cabo, esos que saltan al campo defienden el escudo que aman los que están en las gradas. A eso se le llama orgullo de pertenencia. Uno es del Tenerife pase lo que pase y esté quien esté dentro.

Luego están los clientes, que aplican la misma fórmula para el fútbol que para el cine. Si les gusta la película que hay en cartelera, van. Si no les atrae, pasan. Con el proyecto blanquiazul hacen lo mismo. Si , el modelo de club, los fichajes, el juego o (sobre todo) los resultados coinciden con lo que desean, acuden. Si no, esperan. No hay que renegar de ellos porque cualquiera es siempre bienvenido al Heliodoro. Ni marcarlos o mirarlos por encima del hombro. Pero existen. Son así. ¿Que yo les doy más valor a los otros? Mire, pues sí. Para mí son los que sostienen el edificio de un equipo de fútbol, aquellos que nunca fallan. Pero insisto una vez más: no sobra nadie.

De hecho, la entidad blanquiazul debería plantearse por qué ha perdido clientes. O al menos qué podría hacer para recuperarlos. Resulta evidente que la temporada pasada pesa. Pero también es verdad que el mensaje del club ya no llega. El sucesor de Miguel Concepción deberá elegir otro camino: crecer económicamente para aspirar a objetivos más ambiciosos o mejorar a la hora de explicar por qué no se puede hacer lo anterior.