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Abril

Por @rondoscutillas

El confinamiento doméstico al que nos ha sometido a todos el coronavirus durante las últimas semanas me ha servido para desmontar de la prisa y el vértigo diarios y redescubrir la vida lenta en el hogar, ese espacio por el que solo aparecía antes de la pandemia para comer y al dar por concluida la jornada laboral.

Me resulta complicado imaginar el escenario creado por la COVID-19 hace 30 años, en plena década de los 90, cuando el teletrabajo era apenas una entelequia a la que asistíamos en algunas películas de ciencia ficción. No sé qué hubiese sido de nosotros todos estos días sin televisión a la carta o sin internet.

Bueno sí, habríamos recurrido a la lectura justo en la etapa en la que se celebra su festividad anual. Y, quizá, hubiésemos descubierto aventuras o relatos que nos habrían transportado directamente a una realidad imaginaria fabricada por nosotros mismos y no por una película, una serie o un videojuego.

Ese universo virtual ha tenido continuidad también en cuanto a la información se refiere. Ha sido tan cambiante e interesada que, en ocasiones, ha habido que ponerla en cuarentena hasta cuando procedía de fuentes aparentemente fiables. Los resbalones han venido propiciados por las trolas, que se expanden estos días de móvil en móvil contagiándonos a todos porque ya se sabe que contra la estupidez humana no se ha inventado todavía ninguna vacuna.

Lo peor de este encierro ha sido haberme quedado huérfano de deporte. El dichoso virus también ha paralizado a todos los que seguía habitualmente y, aunque mi corazón funcione como siempre, le faltan las emociones de cada fin de semana. Consumo deporte antiguo. Rescato partidos y recuerdos. Visiono y rememoro encuentros de leyenda para autoengañarme. Pero nada es lo mismo.

Añoro el latido acelerado de un día cualquiera de fútbol en el Heliodoro. Hacer previas en casa y vivirlas luego en las horas previas al partido en los bares. Con los amigos de siempre. Con ese ejército de aficionados que padecen ahora la misma dolencia que yo.

Mientras la desescalada nos devuelve, paso a paso, algunas pinceladas de lo que la pandemia nos arrebató, escucho a Joaquín Sabina mientras escribo estas líneas y caigo en la cuenta de que es un genio entre los genios porque él ya sabía, allá por 1988, que a todos iban a robarnos el mes de abril.