Skip to main content Scroll Top

Abel Suárez

Por @beatrizpalmero

 

 

Aún recuerdo la primera vez que lo entrevisté. El Tenerife acababa de descender a Segunda B tras una temporada nefasta, triste y decepcionante. Pero en ese último derbi, para el que muchos se borraron, un puñado de jugadores disfrutaron de su primer partido de rivalidad con la camiseta del primer equipo. Dieron la cara y, entre ellos, con el 34 a la espalda, estaba Abel.

Quedamos con él apenas una semana después, cuando ya casi hacía las maletas para volver a su Fuerteventura natal. En la plaza de Tome Cano anoté mis primeras impresiones. Desde entonces prácticamente no han cambiado: un chico sencillo, tímido, educado, con una sonrisa contagiosa y los pies en el suelo, la cabeza amueblada y el corazón lleno de ilusión por triunfar en su equipo. Esto último es lo único que ha mermado, aunque no del todo. Sigue albergando la esperanza de que un día pueda volver al club que le vio crecer, en el que ha ido de la mano de su paisano majorero y compañero de batallas, Alberto Jiménez. Abel me dice con una sonrisa que está contento por él, aunque juegue su puesto. “¿Cómo me voy a enfadar con él? Eso lo decide el entrenador”, me dice con esa sonrisa que siempre tiene preparada. Sin duda, se extrañarán.

Lo ha dado todo para seguir aquí. Salió cedido hasta en cuatro ocasiones, a lugares tan variopintos como Guijuelo (Salamanca) o La Roda (Albacete). Se hizo con los minutos que necesitaba y se ganó un puesto como profesional en la primera plantilla. Tras una buena pretemporada empezó teniendo minutos, pero pocos en su puesto natural, el pivote defensivo. Me consta que por las tardes hacía trabajo extra, disciplinado, para estar siempre a punto. No ha sido suficiente. El fútbol, la mayoría de las veces, lo marcan las circunstancias. Con 24 años había futuro para él en el club, pero tras meditarlo mucho tomó una decisión difícil. Quería jugar, aprovechar que ésta es una carrera corta. Y pensando que quizá aquí su momento tardaría más en llegar.

Y los ojos le brillan cuando habla del futuro. Sé que ya tiene la mochila cargada de ilusión para hacerse un hueco en su nuevo equipo de Timisoara. Y en la caja de Pandora sigue guardando la esperanza. Tal vez aún pueda volver, como han hecho Suso, Vitolo y tantos otros. Él pondrá lo que depende de él, el trabajo. Y le irá bien donde quiera que vaya.  Y aquí nos quedamos pensando qué se podía haber hecho de otra manera para que le hubiera ido mejor.