Por @jf_rojas
Como era de esperar, la derrota del Bayern ante el Madrid deja tanta alegría por el triunfo blanco como bilis entre los que estaban esperando a Guardiola. En eso también consiste la marca España. En este país siempre hay una mitad esperando a que la otra tropiece y el catalán está en la diana desde que Mourinho llegó a la capital. Toda historia con supervillano necesita de su superhéroe y con la llegada del portugués los medios buscaron un personaje al que atribuir las cualidades opuestas al técnico blanco. Guardiola, un joven entrenador aparentemente educado y de discurso y apariencia pulida que además se sentaba en el banquillo del rival histórico tenía todas las papeletas para ser el elegido.
Nunca he tenido a Guardiola por un santo ni un tipo infalible. Aquello de que meaba colonia no era más que una caricatura de la caricatura construida por los medios. En realidad lo único verdaderamente extremista en Guardiola era su concepción del fútbol. En lo demás no parecía tan diferente a cualquier otro técnico de la Liga siempre que acordemos que la mayoría se mantiene dentro de los límites de la deportividad y no va metiendo los dedos en ojos ajenos. Mou era el único border line de la historia así que para venderla era necesario construir otro de signo opuesto, un reverso investido de santidad y perfume a inocencia que evitara pon encima del bien y el mal. Surgió así el personaje del filósofo.
La mayor parte de las críticas que recibió Guardiola mientras entrenó al Barsa se relacionaban con ese personaje artificial. Si el catalán sacaba un día los pies del tiesto le atizaban con fuerza por no ser fiel a su papel y si era correcto le atizaban igual por hipócrita y falso. Daba lo mismo que ese Guardiola angelical no existiera más que en el imaginario colectivo, a Pep se le exigía un comportamiento inmaculado y muchos vivían esperando que se saliera del guión para pegarle. El problema es que mientras tanto el fútbol seguía su curso y los mismos que le daban entre semana tenían que envainársela los domingos. Los resultados y el juego siempre fueron su antídoto perfecto frente a los que no le soportaban.
Algo parecido ocurrió con su estilo futbolístico al que se le colgó la etiqueta de estético y circense. Funcionaba en el barsa y en la selección pero la realidad nunca es suficiente motivo para estropear una buena historia. Pese a los asombrosos resultados, el juego de posesión y combinación siempre se mantuvo bajo sospecha. Como alguna vez escribí en esta columna, bajo ciertas miradas la victoria pertenece a otros estilos y cuando se consigue de esta manera sólo parece prestada y provisional. De ahí que los pocos partidos que perdió Guardiola con el Barsa no fueran proclamados como derrotas sino como fracasos de una forma de juego. Aquello del cambio de ciclo se convirtió en un clásico aunque no terminara nunca de llegar.
Pero nadie puede ganar siempre. El ridículo del Bayern ante el Madrid ha desatado definitivamente las antipatías al personaje y los prejuicios sobre su fútbol. Los agoreros no han tardado nada en cantar el fin del juego de toque y en hacer chanzas sobre la inutilidad de la posesión del balón. Guardiola se equivocó rotundamente al pretender jugar a lo mismo de siempre sin disponer de los jugadores idóneos pero no puede ocultarse que le ficharon justamente para eso. El Bayern ya lo había ganado todo el año pasado así que es razonable creer que con Pep no sólo buscaban resultados sino su estilo. ¿Se puede contratar a Picasso para un retrato y quejarse luego de que no es lo suficientemente realista?
Es posible que Guardiola sea preso de su estilo y de ese personaje artificial que le construyeron. Después de todo, Pep no mea colonia. Su equipo fue completamente superado en lo táctico por Ancelotti y desde el banquillo del Bayern sólo se ofrecieron soluciones esperadas impregnadas de manierismo. Dicho eso, discutir que hablamos de un entrenador excepcional es tan ridículo como creer que hay formas de jugar que te aseguran el triunfo. Guardiola es uno de los pocos técnicos que ha enriquecido al juego en los últimos treinta años y aunque le persiga siempre la sombra de la obra de arte que creó con el Barsa es seguro que volverá a ganar. Los que le pegan ahora tendrán que tragarse la bilis de nuevo.