El fútbol no es el deporte en el que más se trabaja para mejorar el nivel. Las horas de entrenamiento, por ejemplo, ni se acercan a las de otras disciplinas deportivas, ya sea colectivas (voleibol) o individuales (natación). Tampoco es el que reúne acciones más espectaculares en reducidos espacios de tiempo (baloncesto). Ni el que más exprime el físico (atletismo). Pero supera a cualquier otra modalidad en pasión e incertidumbre.
El fútbol es tan grande que un equipo puede estar colgado del larguero durante 90 minutos y no encajar un gol como demostró el Chelsea este martes. Es tan grande que, jugando de una forma más ordenada y estética, el Bayern se estrelló contra la muralla del Real Madrid y recibió media docena de ocasiones claras. Es tan grande que el equipo más entero de los cuatro semifinalistas de Champions parece el Atlético de Madrid, el de menor presupuesto.
Es tan grande que el Barcelona acumuló victoria tras victoria con Messi lesionado y cuando regresó a los terrenos de juego el mejor jugador del mundo desapareció su ventaja en Liga, cayó en la Champions y perdió la Copa. Es tan grande que el Rayo Vallecano está prácticamente salvado con la cuenta de gastos más reducida de Primera y jugando a algo poco habitual entre los pequeños. Es tan grande que Unai Emery estuvo al borde de la destitución y ahora tiene al Sevilla peleando por entrar en la final de la Europa League y jugar la máxima competición continental la próxima temporada.
Es tan grande que el campeón de la Premier League se ha desmoronado por el mero hecho de quedarse sin su entrenador, Álex Ferguson. Es tan grande que, con un potencial económico sensiblemente inferior, el Liverpool puede ganar el título por delante de los petrodólares del Manchester City o el Chelsea. Es tan grande que la Juventus puede descender por un escándalo de apuestas, recuperar la categoría y dominar con puño de hierro la Serie A durante varias temporadas. Es tan grande que la selección española puede unir lo que los políticos se empeñan en despedazar.
Es tan grande que el CD Tenerife, que parecía desahuciado, condenado de nuevo al pozo de la Segunda B y encaminado a su desaparición en las primeras nueve jornadas, puede empezar a competir y crecer tanto que es el mejor de las 26 siguientes y el ascenso a Primera División ha pasado de utópico a posible.