Por @beatrizpalmero
Los románticos, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, dieron un vuelco a la forma de ver el mundo del hombre occidental. Hasta entonces la belleza estaba en la naturaleza, en la creación de Dios, y el arte, la perfección, estaba en acercarse lo más posible a ella a través de ciertos pasos establecidos. El arte era orden, perfeccionamiento, imitación de la realidad. Pero el yo pasó a ser el centro del universo, una revolución iniciada por el filósofo Immanuel Kant que situó al hombre como juez único de la belleza, y si su criterio era el único para juzgar lo bello, también el hombre era el único capaz de acceder a la belleza, de trascender la realidad para alcanzar lo absoluto, lo ideal. Y para hacer arte. No era necesario imitar la realidad, sino crearla, añadirle los sentimientos, la creatividad, el talento propio. Nació la teoría del genio artístico. El arte no surge de la imitación, del cumplimiento de reglas, sino del talento. Como decía Schelling, el genio es impulsado a crear por una tendencia irresistible de su propia naturaleza. Y sí, el trabajo ayuda a pulir el talento, pero el talento no se construye, se tiene.
Y es ese talento el que crea obras de arte, ya sean pinturas, esculturas, poemas, dibujos, grafitis, recitales, canciones, monólogos… todo lo que, por un instante, mientras lo sentimos, nos hace advertir la belleza del momento, del universo, incluso lo más intangible. Y para ello hace falta fantasía, imaginación, creatividad. Talento.
Y todo esto, que estudié en una –todo hay que decirlo- maravillosa clase de Teoría de la Literatura, se me vino a la mente el domingo, sentada junto al banquillo del Heliodoro Rodríguez López. Todas esas cosas que estudié en aquella ocasión, aún a sabiendas de que en la vida real podría aplicarlas para bien poco (salvo que me dedicara a la investigación, por supuesto), me vinieron a la cabeza en aquel justo momento. Quizá porque comprendí justo entonces, que los filósofos románticos, los que dieron forma a una nueva manera de entender el mundo, hablaban no sólo de las grandes obras de arte, sino de la cotidianeidad, de ese talento intangible que es capaz, en un determinado momento, de arrancarte una exclamación de admiración pura, simplemente porque te da algo nuevo, te hace ver en lo que has mirado otras tantas veces algo diferente, algo bello.
Belleza. Eso es lo que veo en algunos gestos, en algunas acciones de Ayoze Pérez. Cada vez más capaz de explotar su talento innato. El trabajo, la confianza, van puliendo ese genio creativo que lleva dentro, ese don de la inspiración, esa fuerza inconsciente, que dirían los románticos, que le lleva a expresar, como sólo los grandes saben hacerlo, el arte que lleva dentro. Porque sí, en el deporte también hay belleza, ese regate imposible, ese engaño sutil que nadie se espera, ni siquiera el espectador, para quitarse de encima el adversario, esa habilidad para ver posibilidades que nadie más ve. Porque goles, goles marcan muchos. Pero crear belleza está al alcance de muy pocos.
Decía Fichte, otro de los filósofos idealistas, que ser libres “es estar libre de obstáculos, es hacer libre a otros, es ser capaz de sobreponernos a cualquier obstáculo mientras desarrollamos nuestro poderoso instinto creativo”. Y Ayoze es libre. Al menos en lo que se refiere a crear arte. Y esperemos que no sea como Vincent van Gogh y que, realmente, pueda sentirse realizado y hacer aquello que más ama, donde más ama y en las condiciones que más ame. Y que no se aprovechen de su talento, que muchos apreciamos el arte en todas sus vertientes y queremos disfrutar de él.