Llevo años escuchando y leyendo como los compañeros de esta bendita profesión se quejan de los tópicos. De esos protagonistas, ya sea jugadores o técnicos, incluso directivos, que sueltan frases repetidas hasta la saciedad para valorar un partido o una situación concreta en su club. “Siempre dicen lo mismo”, nos lamentamos.
Incluso, los hay que se atrevían a censurar a aquellos que eran políticamente correctos. Los que miraban para otro lado en las críticas y asumían toda la responsabilidad en las derrotas, defendiendo a capa y espada el mensaje institucional. Como si fuera suyo. Sin dudas y sin enfrentamientos. Siempre con una buena cara. Ni siquiera reaccionaban ante las actitudes que, viniendo de periodistas o comentaristas, superaban la barrera del respeto.
Pues ahora resulta que hay un entrenador que habla clarito y también nos quejamos. De Álvaro Cervera se puede no compartir su idea de fútbol, sus alineaciones, cambios o decisiones en general. Pero me sorprende que se critique su franqueza. Dice lo que piensa. Le cueste lo que le cueste. Y no rehuye el enfrentamiento. Es distinto a la gran mayoría de sus precedesores, pero eso no le hace mejor ni peor. Es su forma de afrontar las críticas que considera que van más allá del umbral de la lógica, aquellas en las que ve oscuros intereses.
Con razón o sin ella, va de frente. Y cada vez tengo más claro que hay dos tipos de personas que se sienten molestos con su actitud: los que prefieren que el entrenador del Tenerife guarde silencio para no encrespar más los ánimos y trague carretas y carretones. Y aquellos que, sintiéndose aludidos, sufren escuchando la verdad. A los primeros, mi máximo respeto. A los otros…
Cervera ha decidido que no quiere quedarse nada dentro y a mí me parece bien. Ya era hora de que alguien levantara la voz ante aquellos que se aprovechan de la prudencia para continuar con sus desmanes. Lo peor para ellos es que el preparador blanquiazul está ganando la batalla que de verdad importa: la de la calle. Porque más allá de discutir algunas de sus decisiones, la afición retiene en su memoria el ascenso de categoría y disfruta con la remontada de esta Liga, que comenzó con una honda preocupación. Los resultados le avalan e ilusionan al pueblo.
De su trabajo hay ya poco que criticar. Y su discurso gusta cada vez más. Menos a los señalados, claro. Acostumbrados a tener un saco de boxeo enfrente duele que te devuelvan el golpe.