Julius Hirsch era un alemán orgulloso. Fue, posiblemente, el mejor futbolista que dio su país a principios del siglo pasado. Nacido en Achern, al sur del país, el 7 de abril de 1892, desde muy joven destacó en un deporte, el fútbol, no demasiado importante para la Alemania de la época. Formado en el histórico Karlsruher, se convirtió en la gran atracción de un conjunto dominador de su torneo regional.
Con el paso del tiempo Julius fue haciéndose un nombre y convirtiéndose en estrella. De él dicen que fue el primer crack del fútbol alemán ya que, por su juego, se mostró siempre como un adelantado a su tiempo. A Hirsch su equipo se le empezó a quedar pequeño al llegarle los reconocimientos a nivel nacional. Lo máximo para él fue poder jugar con la selección alemana. Su primer suelo se iba a cumplir.
Julius, un delantero habilidoso, fue convocado por el combinado teutón para participar en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en 2012. Inglaterra, Dinamarca o Austria eran mejores que el equipo alemán, pero el ataque de aquel país, con Hirsch, Fochs y Fürderer era capaz de todo. Su mejor partido a nival internacional sería un empate a cinco con Hlanda, en el que anotó dos tantos, antes de perder por 5-1 frente a Austria. Cuentan las crónicas que pasó tanta vergüenza por «ensuciar» asi la camiseta de su país que decidió retirarse de la selección.
La Primera Guerra Mundial irrumpiría en la vida de todos los alemanes, también en la de nuestro protagonista. Jugaba para el Furth antes de que decidiera que quería alistarse en el ejército para combatir por su país balloneta en mano. El conflicto bélico lo marcó a tal nivel que no volvió a ponerse unas botas de fútbol. Dejó a un lado su principal pasión, solo en parte, pues se hizo entrenador, y decidió abrir un comercia de comestibles.
Pero Julius, además de alemán orgulloso, era judío. La llegada del nazismo provocó el conocido acoso a la población hebrea alemana y, como siempre había hecho, decidió no quedarse de brazos cruzados. Cuando el Karlsruher decidió expulsar a todos los jugadores y entrenadores judíos, Julius Hirschescribió una carta en la que renegaba de un club al que había dado todo. Raídamente quiso exiliarse, dejar a trás su país, al que quería, por un cabo austriaco iluminado.
El delantero talentoso desapareció de la faz de la tierra. Nunca nadie supo más de él hasta que, desgraciadamente, apareció años más tarde en un listado terrible: el de los asesinados en el campo de concentración de Auschwitz. La Gestapo lo había localizado y lo había llevado a morir. No importó su pasado, ni siquiera el amor por un país que, demasiados años más tarde, instauró un premio en su nombre que se da a final de temporada a la afición que haya promovido más actos contra el racismo de toda la Bundesliga.