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La mierda vende (29-1-14)

Por @jf_rojas

Recuerdo cuando hace unos quince años Internet empezó a generalizarse en la vida de la gente. Algunos confiábamos en que, aparte de las ventajas obvias de la conexión global, la red permitiría que por primera vez existiera un acceso universal al conocimiento y la información. Gracias a Internet casi cualquiera estaría en condiciones de saber qué, cómo, dónde y por qué ocurrían las cosas y con el tiempo eso supondría -es lo que creíamos entonces- un enorme salto de conciencia en la humanidad. Inocentemente presagiábamos el fin de la injusticia porque el mundo sería más culto y estaría mejor informado, abriendo las puertas a la igualdad y a la equidad.

Nadie pensaba en el vértigo que provoca asomarse a una ventana desde la que puedes ver el mundo entero. El consumidor acostumbrado a elegir entre dos marcas de agua de pronto podía probar otras dos mil quinientas. Y entonces, tras un periodo de confusión y excitación, de repente sentía que ya no tenía sed. Con el tiempo descubrimos que por sí sola la red global no sólo no contribuiría a construir una conciencia más formada y responsable sino que provocaba todo lo contrario. Es un hecho que sin formación previa ni pensamiento crítico, la sobreexposición a la información, a la cultura y al conocimiento, en lugar de más sensibles y permeables nos vuelve más borregos y pasivos.

Años después de que se instalara la llamada sociedad de la información la gente es más indiferente ante el dolor y la desgracia. La denuncia de la injusticia o la protesta razonable aburren. Todo ha de ser rápido, dinámico, como en una de esas películas de acción en las que ni se habla ni se piensa. Nadie escucha porque todos hablan, así que sólo se presta atención al que más grita. Basta observar los vídeos más reproducidos, las canciones más escuchadas, las noticias más difundidas. Cuanto mayor sea la estupidez, más seguimiento obtiene. La calidad, lo sublime, está tan al alcance de la mano que casi parece haberse vulgarizado. Quizás por eso millones de buenos artistas se pudren entre la indiferencia generalizada mientras el “Ola Ke Ase” se difunde como un virus.

Todo funciona así, incluido lo que rodea al deporte. Es muy probable que muchos de los que lean esta columna la olviden sobre la marcha incluso compartiendo sus argumentos. Sin embargo apuesto a que si aquí se insultara a alguien o se defendiera cualquier clase de postura extrema, por irracional y absurda que fuera, se difundiría infinitamente más. Muchos lo saben y juegan a eso en este negocio. Saben que la mierda vende y lo aprovechan. Lo que ocurre es que si la mierda vende es porque ustedes la compran. Así que al final todos somos responsables de lo que tenemos. En realidad es sencillísimo atraer más visitas con un título como el de esta columna. Lo complicado es que todo lo que hay debajo tenga sentido y se exponga con claridad. Les aseguro que conozco a muchísima gente capaz de hacerlo a la que casi no se presta atención. Estaría bien que empezáramos a reconocer sus méritos en lugar de seguir a tanto vendedor de motos sin ruedas.