Por @beatrizpalmero
La primera vez que fui al Heliodoro, o, mejor dicho, la primera vez que fui plenamente consciente de ir a ver fútbol, el portero del Tenerife era Peio Aguirreoa. Corrían los ochenta y empezaba a descubrir lo que significaba este deporte. Y en esos años crecí con la figura de Aguirreoa en la portería, como algo inmutable. Así, al menos, lo suponía yo en mi lógica infantil.
Recuerdo como algo absolutamente sorprendente el día en que dejó de ser el portero del Tenerife. Recuerdo haber preguntado el primer partido del año: ‘¿Dónde está Aguirreoa, papá?’. ‘Ya no está’, fue la respuesta que en absoluto colmaba mi curiosidad infantil. Había llegado Belza y la historia del club estaba a punto de cambiar radicalmente.
Después de Belza llegaron muchos otros (Agustín, Manolo López, el Mono Montoya, Ochotorena, Unzué…) pero nunca otro que fuera el portero del Tenerife como Aguirreoa (tal vez, quien más se le acercó fue Marcelo Ojeda). Hasta que llegó Sergio Aragoneses. Aterrizó en Tenerife como una inversión y pronto supimos por qué. No voy a enumerar aquí sus cualidades porque, a estas alturas, todos sabemos cuáles son. Claro que entonces pocos imaginamos que se acabaría convirtiendo en una institución y mucho menos cuando finalizó su primera etapa como blanquiazul tres años después.
Porque a sus magníficas cualidades como meta había que añadir un carácter difícil y, en aquel momento, a veces, hasta poco profesional. Un carácter que, todo hay que decirlo, le impidió hacerse con la portería del Atlético de Madrid, que, durante mucho tiempo, estuvo huérfano de una figura importante bajo palos. En su descargo habría que decir que la vida le ha puesto la zancadilla en demasiadas ocasiones y que, en algunas de ellas, debió ser muy duro levantarse del suelo.
Su regreso a Tenerife fue tan sorprendente para mí como la ausencia de Aguirreoa aquel septiembre de 1988. Sólo que entonces ya no era una niña, sino redactora de deportes, y durante años había escuchado a compañeros más veteranos contar todo tipo de historias y anécdotas sobre él. Soy poco prejuiciosa así que miré con ojos nuevos. Y vi cómo le ganó la titularidad a Luis García y cómo recuperó el respeto de la afición, algo más difícil de conseguir cuando has perdido esa confianza ya en una ocasión. A los birrias de verdad difícilmente se les va a olvidar que se mantuvo firme en línea de gol durante dos temporadas en Segunda B y dio muchos puntos para convertirse en un pilar básico en el retorno a Segunda.
Pero he aquí que, de nuevo, la vida le ha puesto la zancadilla y ha caído en un hoyo profundo. Cierto es que el Sergio que empezó la temporada no es el que aportaba puntos las pasadas campañas. Cierto que Cervera decidió darle un toque de atención. Pero, a partir de ahí, parece que todo se ha enredado. Supongo que no le ha ayudado mucho la distancia que, por unos u otros motivos, siempre ha mantenido con la prensa a la que, a veces, ha maltratado (y no hablo por mí, porque siempre ha sido muy correcto, aunque no lo pueda catalogar de míster Simpatía), ni le ha ayudado la buena respuesta de Roberto en sus primeros partidos, ni que su sustituto sea canterano, ni las expectativas de Álvaro Cervera que probablemente esperaba más de un Aragoneses suplente, ni que sea el jugador mejor pagado de la plantilla, ni que su contrato termine en junio. Y ahora el club parece enseñarle la puerta de salida.
No sé exactamente qué ha sucedido y tampoco sabría decir si se lo ha merecido por sus actitudes o su forma de actuar o de reaccionar. Sé que como portero, no. Sé que sigue siendo el mejor guardameta de la plantilla porque, aunque Roberto está defendiendo bien la portería, echo en falta la seguridad que aporta Sergio en las jugadas a balón parado o en las salidas del área. Y también sé que, como me sucedió a mí, para las nuevas generaciones será difícil imaginarse la portería sin él, sin el meta que más veces ha vestido la camiseta blanquiazul, superando, precisamente, a Aguirreoa. Pasará mucho tiempo, quizá décadas, para que deje de ser EL portero del Tenerife. Y sólo por eso, no merece una salida por la puerta de atrás.