Me acuerdo de él cada poco tiempo. Le echo de menos. En el plano público, donde era un ganador, y en el privado, donde le consideraba un amigo. Más que eso, fue casi un segundo padre para mí. Él le pidió a Juan Carlos Castañeda, director por entonces de Radio MyD, que fuera yo el que acompañara a su club por Europa. Me acogió como a uno más del equipo y me dio un regalo que jamás olvidaré: su confianza.
Viví un sinfín de anécdotas con él en viajes, competiciones, partidos, veranos interminables de fichajes y gestiones económicas. Callé malas noticias y sinsabores, celebré éxitos y tuve, a menudo, largas conversaciones en las que hasta me permitía darle algún consejo. Siempre escuchaba atento. Porque sabía hacerlo. Nunca se creyó Dios, a pesar del enorme respaldo con el que contaba, de la gigantesca diferencia entre sus virtudes y sus defectos, entre sus aciertos y errores.
Cinco años después de su fallecimiento aún no se ha llenado el vacío que dejó. Lo saben mejor que nadie Zoraida, Rubén, Irene y sus más allegados. Pero también esos aficionados al deporte, que quedaron huérfanos de proyectos ambiciosos y ganadores, creativos y alegres. Su club desapareció años después porque, en el fondo, el CV Tenerife era él. Y él era demasiado grande para que otros, que cumplieron con creces mientras fue realmente posible, llevaran esa carga a la que dedicó su vida.
Una idea me ronda la cabeza desde hace tiempo en torno a su figura y espero hacerla realidad más pronto que tarde. Porque José Francisco Cabrera, Quico, merece un homenaje de verdad. Será humilde y, desde luego, muy alejado del que mereció y nunca recibió de las instituciones tinerfeñas o el voleibol español. No me refiero a placas o medallas. Hablo de respeto. Y no tiraré en estas líneas de su palmarés para justificarlo. Creo que sobra.
Mientras, queda el recuerdo del presidente más grande que ha tenido un equipo de esta Isla y del mejor amigo que un periodista podía tener. De él, entre otras muchas cosas, aprendí a ganar y a saber perder. A luchar en las buenas y en las malas. ¡Gracias Quico! Jamás te olvidaré.