Veía este miércoles la última jornada de la primera fase de la Champions para darme cuenta nuevamente de la delgada línea que separa el éxito del fracaso, la ilusión del miedo, el elogio de la crítica. Un gol de Grosskreutz (o algo así) cambiaba las caras de preocupación de su equipo por una alegría desbordante. Al enterarse, en Nápoles, la esperanza desembocaba finalmente en lágrimas. Su 2-0 al Arsenal le dejaba fuera de la siguiente ronda.
Pasa en las grandes competiciones y en las más cercanas. Las Palmas jugaba para meterse en puestos de ascenso directo cuatro días antes del derbi. Perdió el partido y a Masoud. Cuatro días más tarde cayó estrepitosamente en el Heliodoro (3-0) y abrió una crisis agrandada por el tropiezo copero ante el Almería (1-3). En Gran Canaria, el debate de la semana ha girado en torno a la figura de Sergio Lobera y la conveniencia o no de su continuidad en el banquillo amarillo.
Hace algo más de tiempo (ocho semanas), se discutía sobre algo parecido en Tenerife. Metido en puestos de descenso, el conjunto blanquiazul afrontaba la visita a Ponferrada. Tres días antes Cervera dio síntomas de haber perdido el timón del barco al prescindir de Aragoneses para apostar por el novel Roberto. Aquella decisión, acertada a la postre, lo cambió todo. Su equipo ganó en El Toralín y, desde entonces, no conoce la derrota.
Hoy, dos meses más tarde, el debate tiene que ver con el objetivo marcado. ¿Se queda corta la permanencia? ¿Puede soñar la afición con el play off? Soñar sí (yo el primero), pedir no. Tal y como ha cambiado todo en poco más de 60 días para el Tenerife, en diez para Las Palmas, en unos minutos para el Nápoles o el Borussia, dos malos resultados pueden rebajar la euforia y traer de vuelta la preocupación. Conviene ser prudentes.
Cuando dejas de disfrutar de las pequeñas cosas, te alejas de la felicidad. Por eso, hay que seguir festejando cada victoria, cada paso hacia los 50 puntos. Cada vez que se nos escape una mirada hacia la promoción de ascenso para calcular la distancia, hay que recordar qué sentíamos hace dos meses. “Si nos relajamos, somos un equipo normalito tirando a malo”, decía Ricardo León en rueda de prensa. Ahí está la clave. El día que el Tenerife se sienta superior al rival (antes de jugar), y mire al sexto puesto más que al encuentro que debe disputar, rebajará su intensidad y su compromiso. Ese día empezará a perder.
El conocimiento que plantilla y técnico tienen de sus propias limitaciones es el secreto del éxito. Desde sus carencias, el equipo ha crecido a base de trabajo y más trabajo para ocultar estas y potenciar sus virtudes. Se ha ganado el respeto de sus rivales. Y el respeto, ya se sabe, cuesta mucho ganarlo y muy poco perderlo.