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Desde el volcán

Por Sergio de Armas (Aficionado al fútbol canario)

En unas horas, los aficionados de la UD Las Palmas y el CD Tenerife vibrarán con un nuevo derbi que promete volver a ser “el partido del siglo”. Razones hay muchas y de todos los colores. Nunca mejor dicho: el arranque de la temporada, los fichajes, los puntos de diferencia, la trayectoria, el factor casa, el árbitro, el futuro inmediato, la historia, la revancha…

Yo nací y me críe en una isla no capitalina. Y eso marca: las cosas se ven de otra manera. El fútbol y la realidad cotidiana. Puedo entender los piques más salvajes y la sana rivalidad entre contrincantes antes de una prueba deportiva, pero solo eso. Puedo entender de presupuestos regionales equilibrados al céntimo para no herir ni susceptibilidades, ni egos, pero sólo eso. Puedo entender que, el magma que hoy está arrasando mi isla, es el mismo magma que ha construido y hermanado a las ocho islas canarias sobre el Océano Atlántico, pero sólo eso.

Hay muchas cosas que se pueden comprender y justificar ciegamente desde una de las dos trincheras. El problema o la ventaja, es cuando se mira desde una tercera, quinta u octava trinchera. A esa ventaja de percepción, otros la han llamado ‘thinking outside the box’ (pensar desde fuera de la caja).

Lo que no puedo entender es que para el planeta fútbol, un simple partido se pueda convertir en un arma arrojadiza entre provincias, entre hermanos/as que vivimos en ocho islas en medio del océano. No puedo entender cómo puede llegar a ser un subterfugio para justificar cualquier tipo de violencia, verbal o física, o desear el mal a otro canario.

Tenemos una oportunidad de oro para demostrar que un partido no es una afrenta contra el honor de nadie. Tenemos la oportunidad de creer que es posible un archipiélago más justo, más solidario, más humano; uno que nazca de la suma de acciones que hagan crecer al conjunto de los habitantes de las ocho Islas Canarias.

Hoy, desgraciadamente, no todos los campos son verdes. Hay otros campos donde el negro de la ceniza prevalece sobre el verde. Y es ahí donde tendremos que jugar el mejor partido de nuestras vidas. Ese para el que no hace falta cruzar un charco, sino sólo asomarse al corazón de nuestros hermanos/as.

No olvidemos que después de los 90 minutos, más el tiempo de alargue estimado por el colegiado, volveremos a nuestras casas a enfrentarnos con el mayor partido que podamos aspirar: la vida. Un encuentro entre nosotros y el mundo, que será tan difícil como queramos o tan fácil como obremos. Hay una economía que recuperar tras el COVID, una isla por reactivar tras una terrible erupción, un marco social y político que defender en el ‘status quo’ mundial. Y sólo una bandera por ondear: la tricolor con ocho estrellas verdes.

¡Ah! ¿Y el resultado? Me mojo: un empate, tan rotundo como un latido al unísono en medio del Atlántico.