Por @juanjo_ramos
Algo se quiebra cuando una empresa decide expedientar a un trabajador. Ese paso, agresivo si se quiere, representa el inicio de un camino de no retorno que ambas partes tienen que medir bien.
En algunos casos, el asunto acaba en archivo porque la empresa ha dado un paso en falso que le acaba costando caro. Si quiere prescindir del empleado, suele ser ya por mucho dinero.
Pero en otros, expedientar significa hartazgo. Es el fin de las concesiones y los perdones. La mano dura, en definitiva. Llegados a ese punto, la esperanza de encontrar la mejor versión del afectado es casi inexistente. El castigo es más ejemplar que terapéutico.
A Alberto Jiménez le ha pasado eso. Su episodio en el Ninfas representó el punto y final a las concesiones. Ni sus más acérrimos defensores dentro del club, que los tenía, pudieron mirar hacia otro lado.
Siempre al límite en su actitud, con grandes lagunas de concentración que le condujeron a errores valor gol y con el peso como pecado después de cada parón, el profesional majorero pasaba por ser aquel canterano travieso al que le rieron demasiado las gracias.
Sus enormes condiciones le permitieron salir airoso en anteriores ocasiones. Porque, no nos engañemos, hay en Primera futbolistas peores que él. Pero con una actitud profesional mucho más razonable.
No ha sido por consideración en el CD Tenerife, donde está entre los mejor pagados. Ni por falta de oportunidades. Y esa es la pena. Que su cabeza no le haya permitido llegar donde debió.
Tampoco es que haya elegido buenas compañías. Sus representantes tienen en el historial una extensa relación de encontronazos con el Tenerife en forma de negociaciones en las que, a menudo, entendieron que lo mejor para sus jugadores era contrario a los intereses de la entidad.
Este verano no ha sido una excepción. El fútbol está lleno de “Albertos”. Jugadores que han dado un mal paso y han tenido que buscar una nueva oportunidad en otro sitio. Pero al de La Oliva no le encontraron equipo. Con más de 150 partidos en Segunda desde 2017, nadie le quiso. Queda todo dicho de sus agentes.
Alberto seguirá cobrando del Tenerife al menos hasta enero. Lo hará en su peor momento físico y, seguramente, mental. Porque no es plato de buen gusto vivir su situación actual. Es momento de elegir: abandonarse del todo y terminar de tirar por la borda su carrera o cambiar.
Dice el lema de un amigo que “mismas acciones, mismas consecuencias”. Y tiene razón, claro. Por eso, el central majorero tiene una última y forzada oportunidad para retomar la buena senda. Le toca trabajar en silencio, pagar alguna multa hasta estar en condiciones óptimas y pelear por el puesto.
Es el camino largo, el más difícil. Lo tiene todo en contra, justo es admitirlo. Y pocos confían en que lo hará. Ojalá nos quite la razón.