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Pedri presenta a su primer amor

Redacción Deporpress| Pedri antes de ser Pedri. Esta era la imagen de un niño de Bajamar cuya vida, como ahora, orbitaba en torno a la pelota. El balón fue su primer amor y también su compañero inseparable. El esférico giraba sin parar. A todas horas. Con su hermano. Con los amigos. En la calle. Y, para desesperación de su madre y de los elementos decorativos, también en casa.

No se dejen engañar por la aparente inocencia de la fotografía. Esa sonrisa tímida y la mirada de satisfacción por el deber cumplido acogían al niño inquieto que, años más tarde, evolucionó en el adolescente que ha roto todas las plusmarcas de precocidad futbolística.

Él, con apenas 7 años y medio, no lo sabía. Los que lo acompañaban aquella tarde de domingo en el salón del hotel Silken Atlántida de Santa Cruz, tampoco lo sospechaban. Ni por asomo.

Pedri estaba allí, como un niño más, con el corazón acelerado mientras aguardaba la salida de sus ídolos hacia el Heliodoro para enfrentarse al Tenerife. Aquel 10 de enero de 2010 conoció a su tocayo, el también tinerfeño Pedro Rodríguez. Le firmó en el pecho de aquella camiseta naranja del Barcelona, que evocaba a la que había supuesto la primera Copa de Europa azulgrana en Wembley.

El de Abades, esa tarde de invierno, no era titular indiscutible en aquel Barcelona que dirigía Pep Guardiola. Ni tampoco sabía que, aquel mismo verano, el destino le preparaba un regalo en forma de convocatoria para un Mundial, el de Sudáfrica, que acabaría grabado para siempre en la memoria colectiva de todos los españoles.

El mejor jugador joven de la última Eurocopa, Pedri González, se fue ese día al Heliodoro a soñar con ser futbolista. A imaginar que, algún día, quizá sería él el que saltase a un terreno de juego como lo hicieron los Carles Puyol, Andrés Iniesta, Xavi Hernández o Thierry en aquella cada vez más lejana última visita del Barça a la isla (0-5).

Aquel partido también lo jugaron Sergio Busquets y Leo Messi. Sus firmas están en el balón que Pedri tiene en sus manos en la fotografía. Y hoy, apenas 11 años después, aquel niño de mirada tímida y sonrisa de satisfacción es quien le pasa el bolígrafo a Busquets y Messi cuando otros, con el corazón acelerado como el suyo, se acercan a los hoteles en busca de esos tesoros infantiles llamados autógrafos.