Redacción Deporpress| El Tenerife vive inmerso en un continuo bucle que no le deja avanzar. Temporada tras temporada sus proyectos se tuercen porque la elección del entrenador que inicia la temporada no es la idónea. La consecuencia inmediata es un relevo que lo salva de los problemas a corto plazo. Pero que manda el resto del curso, virtualmente, por el sumidero de la frustración a cualquier aspiración superior a la permanencia.
Las decisiones del estamento arbitral con el Tenerife este curso son también un peligroso ciclo de contratiempos y desgracias. Hemos vivido ya casi todo. Episodios tan kafkianos como, el vivido en Miranda de Ebro, que suponen la anulación de un gol por el choque de dos rivales dentro de su área. Y expulsiones que suponen jugar en inferioridad numérica y mandar al traste más de media decena de partidos. En este apartado de cosas insólitas figura la expulsión de Pomares en el Carlos Tartiere a los 14 segundos, a través del VAR como la de Javi Alonso de este domingo frente al Castellón, o la de Álex Muñoz, que vio una segunda amarilla por sacar una falta sin que el árbitro pitase cuando no se había solicitado barrera. No es la mejor temporada tampoco con los jueces de los partidos. Y el perjuicio ha sido evidente.
La cita ante el Castellón es también la enésima prueba del algodón de que el Tenerife es un equipo tremendamente limitado. Nadie discute su espíritu. Su mejoría defensiva. Su solidaridad. Su abnegada entrega. Y hasta su resiliencia para pelear contra la adversidad y contra injusticias arbitrales como las enumeradas anteriormente. Pero cada cambio realizado por Ramis empeoró lo que ya había sobre el césped. Preocupa la falta de recursos de una plantilla diseñada para otra cosa y en la que casi nadie es capaz de mejorar el once que saltó de inicio al césped del Heliodoro ante los blanquinegros.
Luego está lo de Nono. Pocos futbolistas han tenido tantas oportunidades para reivindicarse con un resultado tan desastroso como el del pacense. Resulta indiscutible su valentía para asumir la responsabilidad de lanzar un penalti después de un curso tan negativo como el que está viviendo. Pero su lenguaje gestual en los segundos que precedieron a la ejecución de su defectuoso disparo delatan que está superado por su ciclo negativo y que, ahora mismo, su autoestima y su rendimiento van en caída libre. Se salva porque la COVID-19 no permite la afluencia de público al estadio porque, de lo contrario, terminaría cada cita con dolor de tímpanos ante los silbidos de desaprobación. Que cómo no, serían como todo en este Tenerife, también en bucle.