Por @juanjo_ramos
Hace años que tengo claro que en el entorno de un club de fútbol, especialmente en los volcánicos como el CD Tenerife, no hay paz si no hay buenos resultados. Por eso, en los momentos más convulsos suelo mirar al campo. A los jugadores, al entrenador. Si las cosas no se terminan de dar, al director deportivo. Lo hago para buscar soluciones más que para señalar culpables.
Y estaban ahí. Eran Luis Miguel Ramis y sus futbolistas los que, con victorias, debían devolvernos la tranquilidad y la confianza. ¿Recuerdan diciembre? Como siempre, lío en las semanas previas a la junta. Más ruido que otra cosa. Porque es ese un partido que los opositores juegan como nunca y, contra Miguel Concepción, pierden como siempre. La realidad accionarial sigue siendo la que es. Y no crean que, por escalar posiciones en la clasificación, estamos ante un presidente mejor.
Lo que ocurre es que el principal argumento de los críticos, mentiras de la Fundación al margen o condenas que aún no son firmes, sigue siendo el deportivo. He ahí el fracaso del actual consejo de administración, incapaz de dar con un proyecto ganador desde la temporada 16/17. Yo diría que incluso desde la siguiente, en la que se construyó un plantillón que no supieron gestionar José Luis Martí y Joseba Etxeberria.
Pero tres temporadas seguidas empezando mal, con fichajes dudosos y demasiados cambios en la dirección deportiva y el banquillo, invitan a girar el timón. A buscar aguas menos revueltas. Y puede que Luis Miguel Ramis sea ese remanso de paz que buscábamos.
Porque también hace años que pienso sobre el entrenador más conveniente en la Isla y tengo claro que no es el mejor, sino el que mejor se adapta a nuestra idiosincrasia. Por eso, aquí siempre tendrá más opciones de triunfar un exblanquiazul (Martí, Ramis) o un conocido con cierto pasado en el fútbol (Baraja, Etxeberria) por delante de un novel (López Garai), un meritorio (Fran Fernández) o un veterano con más recorrido que imagen (Sampedro).
Ese crédito inicial de Ramis, por su presencia en el Tenerife de la época dorada como jugador, le dio el aire suficiente para superar el maratón de partidos inicial con más pena que gloria. Luego tuvo tiempo para implantar sus ideas e iniciar la remontada. Y aquí estamos. A 15 jornadas para el final, ilusionados con la boca pequeña. Y todo oiga, en el mismo club anticuado y mal dirigido de diciembre. O igual no era eso.