Por @beatrizpalmero
Creo que no me equivoco si después de diecisiete jornadas todos vemos el vaso medio vacío. Incluso alguno señalaría que apenas si hay un culín de agua en el fondo. Me atrevería a decir que hasta Luis Miguel Ramis lo vio así tras el partido contra el Sabadell. El pasito de este lunes ante el Leganés no da para llenarnos de esperanza. E, insisto, la imposibilidad de asistir al Heliodoro como espectadores creo que no ayuda en nada a paliar esta desazón porque, a fin de cuentas, como ya he dicho en más de una ocasión, el ritual de ir al campo cada quince días (o menos en esta liga) siempre nos insufla algo de alegría. Y nuestra ausencia como público adivino que es aún más importante para el equipo. Partidos como este último ante el Leganés e, incluso alguno muy doloroso como la derrota ante el Lugo, habrían tenido un final muy distinto con el público empujando a los nuestros desde la grada.
Pero lo cierto es que aquí estamos, otra vez, en diciembre, viéndole las orejas al lobo y preguntándonos qué hemos hecho mal para revivir una y otra vez el día de la marmota, como si nos hubiéramos reencarnado en Bill Murray y cada temporada viviéramos lo mismo tras sonar el despertador. Y escribo esto mientras escucho a Luis Miguel Ramis y quiero agarrarme a su sensatez, a su análisis de fútbol (qué grato es escuchar a un entrenador hablando de fútbol, sin medias tintas), a lo que siente por este club cuya camiseta vistió en tiempos mucho mejores, a la mejoría en la solidez defensiva experimentada por el equipo. Y quiero pensar que descubrirá donde está el error, que descubrirá como hacer mejor a una plantilla que aún no ha dado la talla como equipo, que descubrirá como hacer que, al fin, pase este día eterno que nos tiene ya aburridos a todos. Que consiga que empecemos a ver el vaso medio lleno. Quizá sea pedirle mucho a este 2020. Pero el nuevo año está a la vuelta de la esquina, y eso le pido, un vaso medio lleno.