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Redacción Deporpress | El desencanto se ha apoderado de los seguidores del Tenerife cuando solo estamos en diciembre. La plantilla, con su partido ante el Sabadell, ha incendiado el último resquicio de ilusión que había por iniciar una remontada tan esperada como necesaria si le echamos un vistazo a la clasificación.

El Tenerife saltó al campo como si se hubiese levantado de la siesta hace solo cinco minutos y tuviese una situación desahogada en la clasificación. Ninguna de estas afirmaciones es cierta y, por eso, su mala puesta en escena resulta todavía más imperdonable. Especialmente por la suficiencia de unos jugadores que parecen creerse mejor de lo que realmente son para una categoría en la que cualquiera es capaz de cualquier cosa. El Sabadell aprovechó la pasividad del equipo que dirige Ramis para fabricarse el partido que quería. Dominaba por 0-2 en el minuto 19 y, a la vez,  confirmaba que lo vivido en el Carlos Belmonte fue un espejismo en medio del desierto de la nada que son los blanquiazules este año.

Cómo no, esta vez también hubo otro regalo individual, el de Kakabadze a Cornud al permitirle subir la banda y centrar con comodidad. El georgiano le puso una alfombra roja por su costado al rival y este puso un centro al corazón del área para que Guruzeta descargase y diese el balón de cara a Stoichkov, que no perdonó. Habían pasado apenas 40 segundos y el Heliodoro ya olía a chamusquina.

Las sospechas se confirmaron al filo del minuto 20 cuando, tras una jugada a balón parado, el balón voló de dos cabezas rivales al larguero y de ahí a los pies de Aleix Coch, que acertó con la red entre un bosque de piernas locales. Nadie del Tenerife fue capaz de hacer nada más que seguir el balón con la mirada hasta el fondo de la portería de Dani Hernández.

Había tiempo por delante. Un mundo todavía. Sobre todo después de que Álex Muñoz metiese a los locales en el partido con un soberbio disparo desde fuera del área. Pero su tanto solo sirvió para darnos cuenta de que este Tenerife sigue siendo un equipo a la deriva. Que solo llega al área contraria colocando pases desde las bandas, especialmente tras la entrada de Moore por la derecha, y que no tiene argumentos para combinar o dar un solo pase con ventaja a sus delanteros. También fue la confirmación de que la falta de puntería sigue estando a la orden del día. porque, también, parece imposible que un jugador, de la categoría que sea, cometa un error en el remate como el de Shashoua para empatar tras la dejada de Fran Sol.

Del mismo modo, preocupa cada vez más que, salvo el delantero madrileño (que debe estar maldiciendo aún la hora en la que eligió venir a la isla como lo mejor para su futuro) ninguno del resto de fichajes acometidos el pasado verano por Juan Carlos Cordero ofrezca un mínimo rendimiento que le haga llegar siquiera al aprobado.

Así que la ecuación, llegados a este punto de la Liga, es bien sencilla. Regalos propios, unidos a una imperdonable suficiencia ante rivales que te ganan por intensidad y falta de puntería equivalen a problemas. Y así llevamos, partido tras partido, desde que se inició la temporada. El Tenerife desaprovechó hoy otra buena oportunidad para enlazar dos triunfos consecutivos, algo aparentemente sencillo pero que aún no ha conseguido este curso. Y, al mismo tiempo, también tiró a la basura una magnífica oportunidad para que sus seguidores dejen el estado de hastío constante que están viviendo.

La dinámica de las últimas temporadas es cada vez más peligrosa y, salvo giro radical de la situación, va a condenar a los blanquiazules a luchar otra vez por no bajar. Porque, desde hace unos años hasta hoy, ser del Tenerife va camino de convertirse, además de en un suplicio, en un auténtico ejercicio de fe.