Skip to main content Scroll Top

El atleta olímpico que Tenerife acoge desde hace dieciséis años

María Calzadilla | Este miércoles, el mundo del atletismo lloraba el adiós de uno de los atletas más destacados del panorama nacional: Jordi Llopart. El marchador catalán fallecía a los 68 de edad tras sufrir un infarto del que no pudo recuperarse. Inmediatamente las redes sociales se inundaban con numerosos mensajes, muchos de ellos escritos por deportistas que una vez fueron compañeros de batallas. «Se fue un referente de la marcha española. Todos nos vamos, pero quizás era demasiado pronto. D.E.P.», rezaba el mensaje de su compañero, Jaime Barroso.

Ambos deportistas, no solo compartían su pasión por el atletismo, sino también habían elegido el duro camino de la marcha atlética. «Fue mi compañero y rival. Competí muchas veces contra él, lo conocía bastante porque cuando salíamos a las concentraciones íbamos todos juntos y era uno más del grupo», cuenta Barroso. Aunque lleva dieciséis años en Tenerife y perdió el contacto con él, lo recuerda como «una persona, sobre todo, muy educada, dedicada a su trabajo e implicada en el mundo del atletismo. La verdad es que solo tengo palabras de reconocimiento hacia él porque conmigo siempre se llevó bastante bien». Además, recuerda como uno de los momentos más especiales de su carrera deportiva el Campeonato de España del año 91, «cuando estábamos disputándonos entre los dos el campeonato donde, en aquella ocasión, él fue el que ganó y yo quedé segundo».

Llopart fue el primer medallista olímpico español en atletismo y el primero en conseguir un Campeonato de Europa vistiendo la elástica de la selección, pero parece que no fue suficiente para merecer un mejor trato en el atletismo más institucional. «En el caso de Jordi, que fue entrenador de atletas súper reconocidos, – como Daniel Plaza, Basilio Labrador, Jesús Angel García Bragado- lo tenía todo para luego tener un buen puesto de trabajo en una federación o en algún estamento del atletismo. Habría cuajado perfectamente, pero por desgracia, los que viven del atletismo toda la vida son muy pocos, el resto tienen que labrarse una vida después del deporte. Hace falta ayudar a la gente que ha sido algo importante para el deporte español«, asevera.

En este sentido, la vida de Jaime Barroso ha estado también plagada de éxitos deportivos. El atletismo llegó a su vida porque sus amigos se habían apuntado a un club y siguiéndoles, también empezó a entrenar para, al final, ser el único en continuar. «Fui probando especialidades y vi que destacaba en la marcha. Se me daba bien correr, pero marchar se me daba mejor, así que al final, sobre los 14 años tuve que decidir y elegí marchar». Durante sus años como atleta, «vivir al máximo nivel era bastante complicado porque no teníamos los medios que hay hoy en día, ni material ni técnico». Pero además, «me pilló una época de ‘boom’ en el atletismo español en el que éramos bastantes los deportistas de alto nivel. Así que también era difícil clasificarse para los campeonatos por la gran cantidad de gente que competía».

Sin embargo, nunca se rindió y peleó hasta el final por destacar entre los mejores. Dos veces campeón de España en Marcha 50km, cuarto clasificado en el Campeonato del Mundo del 93 o ser olímpico en los Juegos de Barcelona 92′ y Atlanta 96′, fueron algunos de sus logros más memorables de su carrera. Ahora, con el paso del tiempo, reconoce que «le doy mucho más valor a lo que hice, porque cuando estaba compitiendo, entrenaba para eso. Cuando quedé campeón de España o cuarto en el Campeonato del Mundo, lo ves como una consecuencia del esfuerzo que estás haciendo, como algo un poco normal».

Con los años, asegura que siempre recordará «el Campeonato de España del año 92 porque nos estábamos jugando la clasificación para ir a los Juegos Olímpicos, que iban a celebrarse en Barcelona, en mi ciudad, y encima la carrera de 50 km marcha se iba a realizar en mi barrio. Para mí aquella carrera, que además gané, la tengo grabada». Sin embargo, en la vida del deportista, no todo es bueno y Jaime Barroso también sufrió el golpe que supone una lesión. «En el año 94 me operé de aductores porque cuando estaba entrenando me molestaba cada vez más y no sabía si operarme, si retirarme, si realmente valía la pena. Pero por suerte uno siempre se acuerda de lo bueno más que de lo malo».

El apoyo de su familia, sobre todo de sus padres, fue su baluarte en el duro camino de su vida como atleta profesional. «Nunca estuvieron encima de mí, ni exigiéndome resultados. Cuando me salía bien se ponían muy contentos, cuando salían mal me decían que no pasaba nada, siempre me apoyaron». También fue clave el papel que tuvo su primer entrenador, Enrique Venancio. «Fue el que me cogió cuando yo era un niño y me convirtió en un buen atleta. Cuando entré en el Centro de Alto Rendimiento tuve que dejarlo y entrenar con el entrenador que había en el centro, que para ese entonces era José Marín, pero siempre siguió en contacto conmigo«. Además, recuerda con especial cariño al que fue su compañero de habitación en el centro durante ocho años, Valentín Massana, quien se convirtió en su amigo a pesar de ser rivales. 

Ahora se dedica a la fisioterapia en Tenerife, donde lleva dieciséis años y a la que llegó por amor, pero a pesar de no dedicarse al atletismo de una manera más activa, siempre ocupará un lugar especial en su corazón. Un atleta nunca olvida quién fue, ni el sentimiento que provoca ver una medalla colgando en su cuello cuando el esfuerzo y el sacrificio tienen su recompensa.