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Redacción Deporpress | El Tenerife que compareció ante el Lugo tuvo el partido soñado por cualquier equipo. Un rival en inferioridad numérica durante 80 minutos. Un gol a tu favor antes del descanso para que no sigan creciendo las urgencias. Y toda una segunda parte por delante para ser inteligentes. Para gestionar un resultado favorable y cerrar el partido. Para darse un homenaje, regresar a la senda de las victorias, ganar confianza y voltear la situación adversa que ellos mismos han creado con su irregular inicio de curso.

Nada de lo deseable pasó. Fundamentalmente porque el equipo no encontró nunca la manera de jugar con la exigua ventaja que le regaló el tanto de Fran Sol. Desaprovechó los pocos contragolpes que le concedió el Lugo cuando se expuso para intentar la igualada con uno menos. Y se negó la posibilidad de conservar la pelota porque dio un paso atrás y acabó presa de los nervios. Despejes defectuosos. Fallos individuales que costaron algún que otro susto evitable. Y, sobre todo, errores no forzados que fueron alimentando la idea del adversario de que, con una pizca de suerte, podía llevarse algo en un partido de esos que nadie quiere para su equipo.

Lo preocupante es que este encuentro era la clave para ir olvidando los últimos resultados. La victoria hubiese dejado al Tenerife con la derrota de Ponferrada como el único lunar en los últimos cuatro partidos. Un escenario ideal para despegar hacia un destino clasificatorio mejor poniendo algo de distancia con la zona peligrosa de la tabla. Pero el fútbol premió la fe del Lugo y castigó la falta de ideas de los blanquiazules. Nadie, salvo Zarfino, supo cómo pasar la ansiedad por puntuar al lado gallego. Nadie, absolutamente nadie, fue capaz de conducir la pelota hasta la finca rival y moverla con cierto criterio. Nadie, tampoco, condujo buscando una falta a favor en campo adversario. O, simplemente, llevó la pelota hasta el banderín de córner para evitar un epílogo del partido con tantos sobresaltos.

El equipo que dirige Fran Fernández decidió jugar a la lotería de la desgracia, esa que suele tocarle casi siempre a aquellos que son incapaces de cerrar un encuentro como es debido. El Lugo, con uno menos, encontró la manera de ir dejando boletos que el Tenerife recogía, uno tras otro. Una salida en falso de Ortolá, un despeje defectuoso de Sipcic, una falta lateral que deja el balón en tu área. Un balón que se va al córner. Otro saque de esquina que acerca más al rival a tu área. Y el nerviosismo y la inseguridad colectiva que se van contagiando sin que nadie, absolutamente nadie, encuentre el botón antipánico.

Así que pasó lo que suele pasar en estos casos. Un balón desde la izquierda entró en el área local. Ortolá decidió quedarse bajo los palos y Sipcic, en su afán por conjurar el peligro, tropezó con Alberto Jiménez, que también se afanaba en hacer la tarea y retrocedió para intentar cabecear el balón. La pelota, pifiada por los dos centrales del Tenerife que parecían un flan, le cayó franca a un jugador del Lugo que, como pudo, acertó a disparar. El balón, caprichoso, acabó en la red tras tocar el larguero. Es lo que suele pasarle a los equipos que se empeñan en convertir el partido soñado en una pesadilla. A los que no saben cómo gestionar una superioridad numérica para desgastar al rival durante 80 minutos. A los que no rentabilizan un marcador a favor para llevarse los tres puntos. A los que, al borde de la décima jornada, todavía les falta mucho fútbol y les sobra demasiado miedo.